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Dialogar y Organizar

Desde 1930 se inicia en nuestro país una rotación entre go­biernos de diversos contenidos: unos prometen la concreción del anhelo de emancipación nacional que sustenta la mayoría de nuestro pueblo, realizando una distribución de la renta nacional más favo­rable a aquella. Otros mantienen o acentúan la dependencia económica del país e incrementan la participación en la distribución de la renta nacional de sectores minoritarios asociados o vinculados, directa o indirectamente, al accionar del capital extranjero.

La proporción de la renta nacional distribuida a cada sector social marca con claridad el contenido de los distintos gobiernos. Los diversos planteos económicos pueden caracterizarse básicamente por la posición frente al problema de la dependencia y por el cri­terio adoptado respecto de la distribución de la renta nacional.

Entonces, resulta superficial y no hace a la esencia de su naturaleza clasificarlos en gobiernos civiles o militares. Han sido causas sociopolíticas de tipo secundario las determinantes de la naturaleza militar o civil de los gobiernos que se han sucedido en nuestro país. En efecto, los ministros de economía de los denomina­dos gobiernos militares no han sido precisamente hombres de las Fuer­zas Armadas, y los planes económicos que han posibilitado una mayor dependencia del país y la merma de la participación de las mayorías nacionales en la renta nacional no han sido, por cierto, planes ela­borados en el seno de las Fuerzas Armadas.

Es oportuno recordar a oficiales de nuestras Fuerzas Armadas que han defendido acendradamente el proceso de liberación nacional integrando gobiernos denominados civiles, como lo fuera entre otros el ejemplar General de la Nación Don Enrique Mosconi. Para los ar­gentinos es esencial, siempre y vital hoy, no caer en falsas y promocionadas divisiones que favorecen a la dependencia, postergando el pleno ejercicio de la soberanía y el logro de la libertad y del bienestar moral y material del pueblo.

La rotación de los programas de gobierno implementados en nues­tro país en los últimos 46 años, obedece a causas reales que hacen a la esencia de nuestra realidad nacional, cuya acabada comprensión no hemos alcanzado la mayoría de los argentinos como para, lograr una organización apta y adoptar una programática coherente que conduzca al manejo independiente de los resortes básicos de nuestra economía. Se obtendría así en forma irreversible el pleno ejercicio de la independencia nacional y la posibilidad del acceso definitivo a niveles superiores de bienestar y libertad.

El grado de independencia económica de un pueblo no se mide por la composición de su consumo sino por la posibilidad que tiene el mismo de manejar en su propio interés los resortes básicos de la economía. Una economía de consumo, que aparece como paliativo para realidades económicas que han perdido objetivos nacionales y trascendentes, degrada a la sociedad y al hombre e invierte los términos de la relación entre la economía y la persona humana. Una economía correcta es aquélla que planifica recursos y gastos para la satis­facción de las necesidades morales y materiales de la persona huma­na; una economía incorrecta la deforma a fin de satisfacer las nece­sidades de una estructura económica caduca y contraria a la esencia del hombre contemporáneo.

De allí el profundo error de los planteos desarrollistas que simplemente programan sustitución de importaciones que no hacen al manejo autónomo de la economía y que, en la mayor parte de los casos, se traduce en una simple adecuación del polo subdesarrollado del sistema mundial a la eclosión tecnológica irracional­mente empleada por el polo desarrollado.

El mantenimiento por parte de los sectores populares de un gobierno que tienda a la liberación y a una distribución de la renta favorable a ellos, resulta imposible -como lo demuestra nuestra historia— si carecen de un claro proyecto nacional y de una organización que les permita el manejo de los resortes bási­cos de la economía. Por otro lado, los planos económicos que man­tienen o incrementan la dependencia y favorecen una mayor capta­ción de la renta nacional por parte de sectores minoritarios, chocan frontalmente con la esencia misma de la Nación que está constituida por su pueblo. La naturaleza de estos planes rechaza toda participación e imposibilita el apoyo popular, lo cual determina su desgaste y una corta subsistencia en el tiempo. El río puede remontarse, no así las cataratas. Todo es posible en nuestro mundo moderno, menos aquello que sea contrario a la naturaleza de las cosas. La época contemporánea se caracteriza por el irrefrenable anhelo de los pueblos del mundo de acceder a niveles superiores de justicia social que aseguren una mayor libertad y bienestar, posibilitando el desarrollo integral de su componente básico la persona humana.

Se abren en nuestra patria dos posibilidades: o la adopción de un proyecto de liberación nacional que, logrando la adhesión y el consenso mayoritario del pueblo, depare a la Nación el manejo
independiente de resortes básicos de su economía; o la adopción de un proyecto económico que determine el enfrentamiento con los sectores mayoritarios por ser lesivo a sus intereses, incre­mentando las tensiones sociales ya existentes y la postergación del ejercicio pleno de la soberanía nacional.

Ante esta alternativa, optamos sin vacilar por un proyecto de liberación nacional con la necesaria organización y participación popular. Las formas institucionales de esta organización de­ben garantizar la participación popular. Lo importante es el con­tenido y no el continente; lo esencial es la ferviente adhesión de las mayorías nacionales a una programática ajustada a la realidad nacional y la concreción de canales de participación capaces de liberar al supremo capital de la Nación: la capacidad creadora y realizadora de su pueblo. Por ello, la salud y la educación constitu­yen los cimientos insustituibles de todo futuro mejor. La propia marcha del proceso y la experiencia producida irán determinando la necesaria implementación de nuevas instituciones en el país.

En términos de participación es necesario escuchar a los ma­yores y apuntalar y afianzar a la juventud en su rol protagónico.

Una comunidad que tiene a la juventud sospechada reniega de su propio futuro. El problema de la juventud es fundamental en nuestro país; ella refleja nuestras vacilaciones, errores y carencia de metas trascendentes para la Nación. Pero nos negamos permanentemen­te a admitir, esta verdad irrefutable y a diario se acosa a la juventud con la misma actitud irracional que aquél que embiste al es­pejo porque en él se reflejan sus vicios y defectos. Nuestra juven­tud no está atacada por ningún tipo de virus extraño, sino que es­tá profundamente  afectada por los devaneos, los errores y los vi­cios de las generaciones que la han precedido, formándola y defor­mándola. Busquemos el origen de sus equívocos en nuestros propios errores e incoherencias; revisemos urgentemente nuestra actitud hacia ella que no es otra cosa que nuestra actitud hacia el futuro; sírvanos de ejemplo en estos días la actitud de una institución trascendente cual es la Iglesia Católica, que asigna importancia decisiva al rol de la juventud al organizar cosas concretas para ella cómo la Pastoral Juvenil.

Nuestro futuro como Nación es duro y difícil. La realidad mundial y continental nos depara un árido panorama para mantener nuestra existencia como país independiente, pero contamos para ello con el mejor pueblo del mundo, con los más ricos recursos naturales terrestres y marítimos y con un legado histórico que, des­de el lejano fuerte del Callao, nos dejara aquél humilde integran­te de nuestro Ejército Libertador, apodado Falucho, que prefirió caer antes de rendir tributo al pabellón extranjero.

Es imprescindible no agredir directa o indirectamente a la inmensa mayoría del pueblo que vive de su trabajo, y garantizarle una retribución justa y digna; derogar normas de prescindibilidad cuya existencia tortura como una pesadilla a decenas de miles de hogares argentinos; jerarquizar el rol económico y social de la pequeña y mediana empresa de la ciudad y del campo como la fuerza más importante del sector empresario; asegurar la vigencia de los derechos humanos a través del cumplimiento por parte del Estado del rol que le compete.

Debe erradicarse la inseguridad del hombre argentino, por­que sobre ella es imposible construir la seguridad de la Nación y porque en ella se desarrollan los más graves males sociales de nuestra época: el terror y la droga.

Es necesario que todos tendamos a encender la luz en vez de maldecir la oscuridad. Porque no es la maldición sino la luz la que derrota la oscuridad. Para los argentinos la luz es el diálo­go y la organización. Dialogar incluso con aquéllos que no quie­ren dialogar. Evitar y si es necesario caer en la tarea de impedir que los intereses extranjeros y que los peores elementos de nues­tro país lleguen a construir una valla entre los integrantes de las Fuerzas Armadas y el pueblo todo. El diálogo ha de derribar las barreras ficticias que se pretenden levantar en nuestro país para dividirlo, dominarlo y atarlo a intereses ajenos y contrarios a los de su pueblo.

Es hermoso vivir y no morir, pero para que sea efectivamente hermoso vivir es preciso estar dispuesto a morir en defensa de los intereses del pueblo que anhela la liberación nacional y que enarbola la bandera más bella de todas las banderas: la azul y blanca.

 


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