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El papel de la Educacion en el proceso de la Liberación Nacional. Por la Comisión de Educación del PSP

INTRODUCCION

La verdadera imagen que debemos tener los argentinos de nuestro país, hoy, en 1972, es la de un país económicamente dependiente, con un poder político carente de representatividad, con vivas desigualdades sociales, carac­terísticas que comparte con la mayoría de las naciones latinoamericanas.

Esta realidad se refleja en nuestro sistema educacional. Si bien este sis­tema constituyó para los argentinos un motivo de orgullo nacional décadas atrás, hoy este orgullo se ha trastocado en pesar y alarma. Argentina alcanzó en la primera mitad de este siglo un alto índice de alfabetización por el cual se ubicó en el tercer lugar en toda América, después de Canadá y USA, o sea, que ocupó el primer lugar en Latinoamérica. En la actualidad, se ha perdido en gran parte lo tan laboriosamente conquistado y, de acuerdo al índice de de­serción escolar, tan estrechamente emparentado con el de analfabetismo, según trabajos realizados por UNESCO, nuestro país se halla al mismo nivel que países como India, Dahomey o Gabón, que presentan un pasado eco­nómico y cultural inmediato mucho más desfavorable y desventajoso que el nuestro.

Esta situación pone en evidencia el deterioro de nuestro sistema educa­cional, que no es sino la consecuencia del deterioro de nuestra economía, da­das las nuevas circunstancias vividas en las últimas décadas en el contexto de las relaciones internacionales.

No hay quien niegue que nuestro sistema educacional está en crisis. Lo que sí existe es cierta ceguera para ubicar al problema en su exacta dimen­sión.

Hay quienes pretenden paliar la situación crítica por la que atraviesa el sistema educacional aplicándole esquemas y soluciones que responden a nece­sidades y a concepciones de vida de países que cuentan con otro grado de evo­lución, con distinta tradición histórica. Esta vía de aproximación al problema induce a enfocar la realidad educativa del pueblo argentino desvinculándola de las características que se le plantean a una sociedad dependiente.

Esta postura carece de toda base de sustentación, pues con ella se pier­den de vista las causas que motivaron la crisis y el objetivo fundamental al que debe tender toda actividad en una sociedad de tal carácter: modificar la reali­dad de dependencia. Por ser concebidas sin tener en cuenta la realidad, las pla­nificaciones importadas jamás solucionan los problemas, y casi siempre re­sultan contraproducentes. El error por tanto, no proviene directamente del aprovechamiento que pudiere realizarse de otras experiencias educativas, por el contrario, éstas deben ser tenidas en cuenta, estudiadas y meditadas como material valioso que puede prevenir situaciones negativas o acelerar la conse­cución de los objetivos fijados. El error proviene de la "idealización" que se realiza de este complejo que llamamos educación. La educación no puede ser considerada como un fin en sí misma. La educación es sólo un área de la realidad social total; las transformaciones, las modificaciones que se intenten pa­ra la educación, no pueden ser ni siquiera pensadas sin tener en cuenta los de­más aspectos de la totalidad social, que es el país.

Si se quieren modificaciones, transformaciones, para el área educativa, ya que presenta suficiente deterioro como para hablar legítimamente de cri­sis, es porque, indudablemente se requieren transformaciones, modificaciones, en las restantes áreas de la vida nacional.

Históricamente, las reformas educativas de envergadura, siempre partici­paron de un clima general de reforma y transformación social, cuyos resortes fundamentales se dieron en el plano económico.

Si se toma conciencia de la complejidad del problema, si se hace cons­tante referencia a la totalidad de fenómenos que acontecen en la vida nacional la lucha de los educadores por una educación mejor no resulta parcializada, si­no especializada, y es, por lo tanto, legítima y no puede ser estéril. Bregar por una sociedad más humana es bregar también por una educación más humana, por una educación que resuelva los conflictos que generaron otros factores extraeducativos y los propios del sistema.

La lucha es ardua y difícil, pero no por eso mayor que las demás. Sa­bemos que quienes no comparten nuestras ideas presionarán para no permi­tir su avance. Es por ello necesario determinar, para esclarecer, cuáles son los objetivos en educación, y el tipo de enseñanza, que creemos ayudará al país a resolver los urgentes problemas que hoy se le plantean.

La lucha puede darse en diversos niveles y distintas formas, de acuerdo con el grado de desarrollo, de participación, de conciencia y de organización alcanzado por el pueblo.

Los educadores tienen sus organizaciones gremiales. Es allí uno de los lugares desde donde debe darse la batalla, denunciando los hechos negativos, y aprovechando las coyunturas favorables que pueda ofrecer el sistema edu­cacional en su actual funcionamiento.

NUESTRO OBJETIVO

Al fijar nuestro objetivo asignamos a la educación un papel que ha de jugar acompañando otros procesos que Argentina deberá necesariamente vivir para lograr su verdadera independencia como aval para su auténtico progreso.

Tenemos en cuenta nuestro sistema educacional en su actual funciona­miento que presenta aristas de indudable valor, al lado del incremento del analfabetismo, de la deserción, y de nuestra incorrecta e irregular pirámide educativa. No nos detendremos a analizar las causas de esos hechos, positivos unos, negativos otros; pero si trataremos de ubicar cuál es la interrelación exis­tente entre la educación y la lucha popular por la liberación nacional.

Trataremos de determinar las metas de los trabajadores de la cultura en

su marcha conjunta y como partícipe de las grandes mayorías, que exigen un proceso programático e irreversible de liberación nacional.

¿Qué entendemos por liberación nacional? Sabemos que en lo económi­co la liberación consiste en la nacionalización de los resortes básicos de nues­tra economía y en la modificación del régimen de tenencia de la tierra; en la redistribución de la renta nacional para que también se favorezcan los sectores postergados que hoy constituyen las grandes mayorías. Sabemos que en lo po­lítico consiste en que el poder esté detentado por representantes genuinos del pueblo. Pero es en lo social donde nos interesa más vivamente determinar qué entendemos por liberación nacional, ya que implícitamente con ello determi­namos también el papel de la educación: asegurar el bienestar de la población.

Obviamente, la salud y la educación son parte esencial de ese bienestar. Ahora son decisivos para el desarrollo de un país, ya que con el bienestar de la población se garantiza mayor eficiencia y conciencia en cada una de las tareas que el pueblo se fija como meta.

Por eso, sostenemos que, las posibilidades de progreso de un país están determinadas fundamentalmente por su pueblo.

Todo pueblo posee dos atributos: cantidad y calidad.

La cantidad la determina el número de habitantes. La calidad está deter­minada por el nivel de salud integral de la población y por el nivel de forma­ción cultural, expresado en pautas de conducta, realizaciones científicas, ar­tísticas y técnicas.

De estos dos Atributos el básico es la cantidad, como el supuesto mate­rial ineludible, punto de partida de toda consideración ulterior, tal como acon­tece en la vida psíquica, en la esfera del pensamiento. Partiendo de la cantidad se puede desarrollar la calidad, pero no a la inversa. Es factible que exista can­tidad sin que se haya desarrollado la calidad, pero al margen de la cantidad la calidad es inconcebible.

"Lo cuantitativo organizado origina lo cualitativo". En todo hombre en particular, "estos dos niveles, el de la estructura orgánica y el de las funciones psíquicas se interrelacionan y son igualmente importantes; imposible conce­birlos como separados el uno del otro ya que ambos obedecen a un mismo gé­nero de evolución dialéctica, pero ello no debe conducir a considerarlos seme­jantes. Porque la interacción se basa precisamente en lo diferente, en lo dual, en lo distinto, en lo antagónico. Admitir interacción entre elementos iguales equivale a un sin sentido, porque el germen del progreso está en la contradic­ción. Las relaciones entre el hombre y el medio social pueden explicarse del mismo modo", como las relaciones entre los hombres (cantidad de población) y los productos de la actividad de esos hombres traducidos en la cultura (cali­dad) de esa población.

Sin embargo, generalmente se entiende que cantidad y calidad son cate­gorías independientes. Se habla, por ejemplo, de la cantidad de población de un país y de su calidad, sin mencionar la relación existente entre una y otra y sin tener en cuenta que es el número tal como está organizado el que determi­na el nivel de la calidad alcanzada.

Para alcanzar un nivel de calidad más alto, es necesario que el número se desenvuelva y organice, dentro de condiciones socio-económicas en las que la salud y la educación sean consideradas prioritarias.

Toda planificación que tenga como meta el desarrollo auténtico de una nación tiene que considerar básicamente los atributos de su pueblo para las realizaciones en todos los órdenes: económico, social, cultural, político, del mismo modo que se conocen las peculiaridades a través de esos atributos.

Pero el hecho de que no tengan en cuenta esas características, no siem­pre significa que la planificación propenda al real desarrollo de esos pueblos. A pesar de considerarlas, la planificación puede seguir otra dirección, perse­guir otro objetivo: tender a beneficiar únicamente a unos pocos en base a la expoliación integral de los muchos. Decimos expoliación integral, porque, además de retribuir injusta y discriminatoriamente la fuerza de trabajo, pone en práctica medidas restrictivas que imposibilitan a la mayoría de los hombres desarrollar su capacidad potencial. Esto sucede cuando los recursos materiales que son necesarios para velar por la salud y la educación del pueblo no son destinados a esos fines, sino que pasan a incrementar los beneficios de una mi­noría. Es decir, es una planificación que pretende altos niveles de calidad para las minorías y niveles mínimos de calidad para las mayorías.

Todo hombre posee capacidad potencial para vivir y comprender la vida de acuerdo al avance científico y técnico alcanzado por la humanidad; pero bien sabemos que existen sociedades que convierten esa capacidad potencial en real, y otras que no lo hacen. Ello se manifiesta claramente cuando, a pesar de todo el progreso alcanzado, existen, en 1972, pueblos en los cuales los ha­bitantes llegan tan solo a un bajo promedio de vida y mueren analfabetos en su mayoría. A esos hombres la sociedad les ha negado la posibilidad de vivir y comprender la vida.

Para que todo hombre pueda transformar su capacidad potencial en real, es necesaria la concurrencia de factores concretos: alimento, vivienda, vestido, atención a la salud corporal y el acceso y aprovechamiento del patrimonio cultural que la humanidad ha creado.

Resuelto el problema vital (alimentación, vivienda, salud) es la práctica social, el estudio y análisis de la realidad, en una palabra la educación, lo que en última instancia logra transformar la capacidad potencial en real. No quiere decir esto que se trate de aspectos que deban resolverse separadamente, unos a continuación de otros. Ambos forman parte de un sólo y único proceso. Lo que queremos significar es que es imposible pretender capacitar al hombre, pretender que sus posibilidades se canalicen hacia logros positivos de supera­ción, si no se satisfacen al mismo tiempo sus necesidades primarias.

Desarrollar las aptitudes y perfeccionarlas en la práctica es, precisamen­te, liberar la capacidad potencial. Este es el papel de la educación en una orga­nización que está al servicio del hombre, al servicio de toda la población.

Cuanto mayor sea el número de individuos que participen de ese proce­so formativo, mayores serán las posibilidades de alcanzar niveles más altos de calidad que puedan traducirse en logros científicos, técnicos, artísticos, en una palabra, en un real progreso de ese país, en una verdadera cultura nacio­nal.

Gráficamente podemos comparar a la cantidad y a la calidad de un pue­blo, con la base y la altura de una pirámide. Cuanto mayor sea la base, su cús­pide podrá elevarse sin artificialidad sobre una estructura más sólida e inamo­vible.

Por todo lo antedicho es que creemos que las posibilidades de progreso real para nuestro país están determinadas por las condiciones cuantitativas y cualitativas de la totalidad de la población. Sabemos que la primera es prácti­camente inmodificable a corto plazo, que no hay perspectivas inmediatas de aumentar la cantidad; pero también sabemos que hay mucho por hacer en el aspecto cualitativo.

Las piedras angulares de todo desarrollo nacional auténtico son la salud y la educación pública. "La enseñanza en todas sus formas es —juntamente con la salud— uno de los principales elementos de la capacidad de crear rique­zas". (FAO La ayuda alimentaria y la enseñanza. Roma, 1965. pág. 3).

El papel asignado a la educación en el rol de elevar la calidad del pue­blo; ¿cumple ésta siempre con esa función? En líneas generales el funciona­miento de una escuela, cualquiera sea el lugar, siempre deja un aporte positi­vo para nuestra realidad nacional; a pesar de que la enseñanza sistematizada es sólo una parte del proceso formativo del hombre, porque entendemos que lo que la escuela ofrece no es enteramente sinónimo de educación.

La educación es un complejo proceso social que se cumple en la interrelación del individuo con su medio: la sociedad. Dentro de ésta la escuela es una institución específicamente organizada para ese fin pero que no se agota en ella.

Al analizar el concepto de educación comprenderemos qué es el hombre y qué es la sociedad, como dos nociones fundamentales en Pedagogía: el hom­bre es quien se educa y la sociedad la que lo educa, sólo pueden separarse teó­ricamente ya que en la práctica uno involucra al otro y viceversa.

Es imposible concebir un ser vivo independientemente del medio que lo rodea y le posibilita su existencia.

Para el animal, su medio, su "habitat", lo constituye el ambiente físico, natural, que encuentra al nacer y al que se acomoda para su supervivencia (va­le inclusive para las especies más domesticadas y que viven en permanente con­tacto con el hombre, puesto que éste pasa a formar parte de su medio). Las características que asume la interrelacción del animal con su medio pueden resumirse en: necesidad de agruparse, y modificación o cambios fun­cionales orgánicos y de conducta, tendientes a asegurar su supervivencia... El animal no se enfrenta solo al medio; en la lucha por su subsistencia busca for­talecerse en la compañía de otros, formando a veces verdaderas comunidades en las que organiza la búsqueda de alimento, la defensa, la perpetuación de la especie (colmena, manada, etc.). De este modo el animal establece relaciones con otros seres de su especie.

Cuando se operan cambios en el medio natural, el animal como especie, sucumbe, desaparece, o bien transforma determinadas características funcio­nales orgánicas para sobrevivir. Por ejemplo, ante modificaciones ambientales de temperatura, cambia el espesor y color de su pelaje. Es decir, el animal no es capaz de introducir modificaciones en el medio para adaptarlo a sus necesi­dades, sino que él mismo se adapta a la nueva situación.

Por eso, las comunidades animales no evolucionan con el pasar de suce­sivas generaciones; no introducen modificaciones en su organización debido a que las conductas de sus miembros es de carácter puramente instintivo, y el aprendizaje que cada ser realiza durante su vida no puede ser transmitido por carencia de lenguaje simbólico, y por tanto no puede ser incrementado.

Para el hombre, en cambio, su medio es el social. De él depende su exis­tencia y en él está sumergido desde su nacimiento, inclusive puede decirse des­de su gestación.

El medio social, que tiene como base el medio natural, es una creación del hombre. ¿Cómo ha creado el hombre su medio social? Lo ha creado a par­tir de las relaciones que estableciera con el medio natural y con los otros hom­bres.

Las características de la interrelación del hombre con su medio son: ne­cesidad de agruparse y transformación del medio (natural y social), con la consecuente evolución de su conducta inteligente.

Al hombre le fue vital agruparse para su supervivencia. Aislado no podía sobrevivir, pero no es por la simple suma de individuos que se forma el medio social. En la larga evolución de la especie, desde que el individuo logra su posi­ción erecta hasta el presente, se sucedieron etapas en las que la realidad bioló­gica individual fue reestructurándose en sucesivas direcciones para desembo­car en lo que hoy es el hombre. La posición vertical le permitió adiestrar su mano y convertir el objeto que toma con ella en herramienta, en instrumento, que utiliza para transformar las cosas del mundo que le rodea, y utilizarlas en su lucha contra las fuerzas que le opone la naturaleza. La herramienta, prolon­gación de su mano, le permite reconocerse a sí mismo en su actividad trans­formadora, en las huellas que deja en las cosas. Nace así también el deleite por el juego de las formas, origen de todo el arte y la poesía. El pensamiento, cu­yo curso evolutivo surge precisamente de esta "praxis", se transforma en ac­ción, y por los cambios que el pensamiento transformado en acción introduce en las cosas, el hombre se transforma a sí mismo.

Ha sido precisamente por el desarrollo de su conducta inteligente por medio de la cual transforma las cosas y crea, que el hombre presenta como es­pecie, una trayectoria ininterrumpida en su evolución, en que se han opera­do cambios muy notorios en su constitución orgánica.

Ante el frío, el hombre reacciona de distinto modo que el animal. Con­fecciona un abrigo que usa a voluntad según las circunstancias. El hombre em­pieza por dominar a la naturaleza.

“Esta actividad transformadora de la naturaleza y las relaciones que el hombre establece con los otros hombres de su grupo, encuentran en la aptitud para el empleo del carruaje el elemento fundamental para emanciparse defini­tivamente de la animalidad. Es el pase esencial que la evolución biológica ha hecho franquear al hombre. Hay en el sistema nervioso centros que le permi­ten el uso de la palabra. Capaz de dar un nombre a las cosas y a las relaciones entre las cosas, puede evocarlas en su ausencia, combinar sus imágenes a su manera, transmitir su saber, recibir el de otros. Y de ahí nace la posibilidad de civilizaciones que acrecientan su herencia de edad en edad. Los individuos mueren, pero el bagaje adquirido permanece y fructifica. No sin choques y re­trocesos, evidentemente. Pero el hombre mismo es transformado por las reali­zaciones mentales, técnicas y sociales, que el lenguaje le ha permitido elabo­rar". (H. Wallon. Fundamentos de la Psicología Dialéctica, pág. 106)

Por ser el medio social una creación del hombre, y el hombre a su vez "creación" del medio, hay interdependencia entre ambos sin que constituyan un sistema cerrado, como tan fehacientemente lo comprueba la evolución his­tórica de la humanidad.

Es la transmisión del saber lo que ha hecho posible precisamente esa evolución, y la comunidad humana pasa de ser meramente una comunidad para convertirse en sociedad.

Esa transmisión del saber supone aprendizaje consciente, asimilación y reestructuración de lo aprendido en nuevas direcciones y nuevas construccio­nes mentales y concretas (o sea que tienden a través de lo aprendido a realizar nuevos actos). En esto reside el fundamento de toda la educación del hombre.

Por eso, la educación, como proceso social, resulta de la interacción en­tre el hombre y su medio y como tal se remonta al origen mismo de la socie­dad.

Es proceso porque se da por la incesante superación de etapas, porque implica desarrollo y perfectibilidad; es social, porque es imposible concebirla al margen de la sociedad, y como tal, forma parte de toda la vida del hombre.

Lógicamente, así entendida la educación debe asignársele el carácter evolutivo, dinámico, común al hombre y a la sociedad; presenta avances y re­trocesos; debe ir adecuándose a las nuevas necesidades y circunstancias que determina la historia. Así, cuanto más evolucionada y compleja es una socie­dad, más complejo y diversificado es el proceso educativo que vive el hombre.

Pero puede distinguirse un rasgo común a todas las épocas, y que ya se­ñaláramos como fundamento de toda educación: el aprendizaje consciente.

El aprendizaje consciente es un acto volitivo, entraña un compromiso con la participación mínima de dos seres; uno imparte un conocimiento, otro lo asimila; supone una actividad tanto en el que enseña como en el que apren­de. A partir de este acto de aprendizaje consciente, las sociedades humanas cre­aron la función pedagógica y el lugar en que ésta se lleva a cabo.

Desde la aparición de las formas preorgánicas de escuela sistematizada, en la edad de bronce, en el neolítico, hasta las complejas formas de sistemati­zación de la enseñanza en nuestras sociedades contemporáneas, la educación como proceso sistematizado ha evolucionado superando etapas y períodos de transición, como la propia sociedad a la que debe servir.

Debido precisamente a la organización de ese proceso sistematizado, que se ha hecho tan complejo en nuestra sociedad moderna tratando de cum­plir con el específico rol que la sociedad le asigna, suele entenderse por educa­ción al proceso formativo e instructivo que vive el niño y el adolescente en el sistema educativo puesto en práctica por medio de sus agentes, los maestros, en las instituciones de enseñanza.

Pero no olvidemos que la educación del hombre se realiza no sólo a tra­vés del sistema educacional, sino que también se realiza en la permanente vi­vencia que tiene con su medio social.

Por eso la educación impartida en las escuelas, colegios y universidades, no menoscaba el papel educador ejercido por la sociedad. Por el contrario, el influir sobre el desarrollo del individuo durante un limitado período de 6 a 14 años, por ejemplo, o incidir fundamentalmente en su formación intelectual (asimilación de conocimientos teóricos), no logra satisfacer todas las necesida­des educativas del hombre sino que las completa.

Un enfoque realista del problema educacional requiere la permanente vinculación entre la actividad desplegada por la sociedad en su conjunto y la específica organizada por el sistema.

Ambas poseen un contenido formador y educador muy grandes.

Depende de los objetivos a que tienda una sociedad en su organización social, política y económica, que su papel educador sirva realmente a la for­mación integral de todos los hombres.

El sistema puede proponerse como fin esa formación integral, pero en tanto la sociedad no la cumpla porque su organización sirve a intereses que le son ajenos a la mayoría, la escuela tampoco podrá cumplirlo, y la formación integral será un mito.

Por eso, si una lucha debe plantearse para que la educación cumpla los objetivos que le hemos asignado —elevar la calidad de la población liberando su potencialidad creadora— esta lucha deberá darse en los dos frentes: en el social y en el sistema educacional.

Luchar para transformar la sociedad, para que ésta sea más humana, es luchar para que ella cumpla un papel formativo, educador.

Una sociedad puede convertir en educativo todo hecho, todo aconteci­miento, todo acto, cuando su realización va acompañada de una explicación que sea captada por el pueblo. No hay hecho, por más difícil que parezca, que no pueda ser explicado en forma accesible para el hombre común. Si no se hace es porque el acto lesiona los intereses de la población, que son los de la nación, y sólo beneficia a una minoría o a los omnipotentes intereses interna­cionales.

Cada habitante debe tomar conciencia de la importancia y alcance so­cial que posee cada acto, y de su participación activa como hombre de su so­ciedad. Debe comprender que de él y de todos los hombres depende la reali­dad en que vive.

Una campaña de vacunación masiva, por ejemplo, beneficia directamen­te a la población pero si no esclarece a quien la recibe acerca de las ventajas que ella representa, no lo educa en cuanto a la importancia que tiene en el hombre el cuidado de su salud.

Por eso es importante destacar cuál es el verdadero papel de los medios de formación. Si son utilizados arbitrariamente, tergiversando los hechos para obstaculizar el esclarecimiento de la población, es porque ello resulta doble­mente conveniente para los responsables de tales hechos: por un lado, no se ponen en evidencia que están perjudicando a intereses de la población; por el otro, crean una atmósfera de fuerzas "oscuras, incontrolables" que no se pue­den dominar por más buena voluntad que se tenga para no ocasionar dichos perjuicios.

Un ejemplo de papel formativo, educador, ejercido por la sociedad, puede apreciarse en el momento histórico de surgimiento del capitalismo. Co­mo todo movimiento revolucionario que rompe con un sistema en decadencia el feudalismo en este caso, el advenimiento del capitalismo dio origen a nue­vos valores altamente positivos para la población.

Trabajo, ahorro, vida austera, fueron virtudes que no sólo sirvieron para apuntalar el desarrollo de la economía en el nuevo sistema, sino también para forjar una nueva imagen ética del hombre que se contraponía a la imagen de corrupción de las cortes.

Pero el desarrollo de este sistema involucra su propia transformación. En su evolución afloran y se agudizan las contradicciones que lleva en su seno. En esa evolución se va deteriorando el papel formativo de la sociedad. Todo el proceso (concentración de capital, el predominio de capital monopolista, el imperialismo, que aparece como la dominación económica de los países capi­talistas más avanzados sobre los más atrasados), trae aparejadas realidades económicas en donde la usura, la especulación, el negociado, constituyen las actividades lucrativas por excelencia. Así, aquellos valores positivos para la formación humana se trastocan en valores negativos; la sociedad se transforma así en antieducativa. Y arribamos a la "irracional" sociedad de consumo.

A pesar de que las prédicas de las clases comprometidas con el sistema siguen enfatizando aquellos valores positivos, lo que percibe el hombre co­mún es la realidad, con mucha mayor fuerza que la prédica.

Esa realidad rompe los valores originarios del sistema, pero a la vez no crea nuevos valores superadores, y conduce en consecuencia a la descom­posición, a la desorganización, al caos.

El hombre, lo reiteramos, no se da aisladamente. Se desarrolla a partir de las circunstancias materiales en que desenvuelve su existencia. Si cada acto que realiza es un acto consciente, si tiene clara comprensión de cuál es su ver­dadera función como ser social sabe cuál es el grado de participación indivi­dual que le corresponde en la historia —en su sociedad, concretamente—, el hombre ha de reaccionar necesariamente de distinto modo frente a la injusti­cia.

Este tipo de formación no puede ser impartida solamente por el sistema educacional aunque es imposible que se logre sin su aporte. El sistema, le da al hombre la instrumentación, los conocimientos: lo prepara intelectual y física­mente, inclusive moralmente. Pero la verdadera integración de su personalidad su formación como ser social e histórico, la ha de recibir de la sociedad.

Por eso, no sorprende que hayan resultado siempre utopías los intentos pedagógicos de paliar situaciones sociales injustas, inhumanas, por medio de la formación de un hombre distinto desde el sistema educativo.

Nosotros creemos que si bien es imposible "reformar" la enseñanza, el sistema educativo de un país, para que dé mejores frutos sin que se operen cambios sustanciales en la estructura social de base, es posible realizar dentro del sistema en vigencia una labor positiva: trabajar para fortalecer ciertos ras­gos que no le son ajenos totalmente.

Son aquellos que de algún modo se aproximan a nuestros objetivos: por el grado de conciencia puesto por nuestros trabajadores docentes en el aprove­chamiento de coyunturas favorables que el propio sistema ofrece.

Nosotros consideramos que, para que la educación como sistema cum­pla con su papel en el proceso de liberación nacional, tiene que impartir una educación que sea auténticamente liberadora: popular, nacional, científica y humanista.

EDUCACION POPULAR Y NACIONAL

Hace exactamente cien años, en 1872, se puso en vigencia por primera vez en la historia una ley de educación común. Esto ocurrió en Francia, bajo la Tercera República, que se dice heredera de la Revolución.

El acontecimiento pronto se hace sentir en América. En nuestro país son sus portavoces Sarmiento y Alberdi: "Educar al soberano", "Gobernar es poblar", son las consignas.

La ley de educación común para los argentinos es una realidad en 1884. Sin embargo pese al tiempo transcurrido, no podemos afirmar que nuestra educación sea popular.

Nosotros entendemos que educación popular no es enteramente la que preconiza este tipo de ley que tiene el mérito de aproximarse al problema, en aquella puesta al servicio de toda la población para liberar su capacidad crea­dora y realizadora. Es la educación que tiene como objetivo elevar la calidad de la población.

Porque la verdad es que: "La educación popular no es solamente la educación para todos, es la posibilidad para todos de proseguir más allá de la escuela y durante toda su existencia el desarrollo de su cultura intelectual, es­tética, profesional, cívica y moral". (Plan de reforma langevin-Wallon. Fran­cia. 1947).

Es imposible concebir el desarrollo de la educación popular en un siste­ma socialmente injusto. Es necesario para ello que la organización económi­co-social del país considere como prioridad el bienestar de su población.

Por ejemplo, en los países europeos altamente industrializados: Alema­nia, Francia, Suiza, se ha logrado que la educación primaria llegue a toda la población y la secundaria a gran parte de ella. Esto no quiere decir que en esos países la educación sea popular, precisamente porque la organización de los mismos no es socialmente justa. Muchos niños de las capas populares urbanas y rurales no suelen recibir enseñanza secundaria ni superior, a pesar de que poseen capacidad individual, "porque la organización escolar es tal que les es imposible aspirar a ella. En estos países los estudiantes universitarios salidos de las clases populares es ínfima en relación con la importancia numérica de los grupos sociales a que pertenecen". (Dottrens y colaboradores. Didáctica para la escuela primaria. Eudeba, pág. 24).

La significación real que tiene la puesta en práctica de aquellas leyes de educación común, consecuentes con la línea ideológica de la Revolución Fran­cesa, es dotar a todos los ciudadanos de una educación elemental básica, co­mo requisitos para ejercitar la ciudadanía.

Con la evolución de los medios de producción y la industrialización, esa educación elemental tiende cada vez más a formar mano de obra especializa­da. Por esa razón generalmente se entiende por educación popular la educación destinada a la clase trabajadora. Es la que reemplaza la formación artesanal que recibía el aprendiz de su maestro en su taller. Es la educación cuyo obje­tivo, precisamente, es formar a los hombres en las reglas del juego de su so­ciedad, sin cuestionarlas, para que sea un buen consumidor y un operario "ra­zonable".

Este concepto está claramente ilustrado en algunos párrafos del libro "La escuela y el mundo del trabajo" de Frank Wehenes cuando dice: "...es necesario familiarizarlo (al adolescente) a partir de la escuela primaria con los conceptos básicos de la economía, tales como oferta y demanda, sueldos y precios, consumo y ahorro. Por otra parte es fundamental despertar y consoli­dar la idea de que las leyes que gobiernan la economía, incluyen obligadamen­te la satisfacción del consumo y la incitación al mismo... La escuela debe pro­porcionar: conocimiento de la realidad de la economía, o sea un primer saber tipo informativo... una posición que corresponda a un orden económico libre, lo que a su vez tiene un doble significado: por una parte, una eficaz orienta­ción hacia un uso adecuado de las "pequeñas libertades", como ser la libre elección de los bienes de consumo, de la profesión, del lugar de trabajo, del uso del tiempo libre, etc; por otro, una correcta orientación hacia la facultad de defender en el futuro y como adulto los derechos que la democracia económi­ca proporciona a los individuos". (Kapelusz, págs. 97 y 98).

Queda claro que ésta no es la concepción de educación popular que con­cebimos, ni tampoco aquella que tiene como objetivo elevar el nivel general de las clases populares fuera de la escuela, mediante bibliotecas populares, pro­gramas de difusión cultural organizados por ejemplo por las municipalidades, aunque éstas medidas puedan legítimamente seguir cumpliendo con su objeti­vo, en forma paralela.

Para nosotros educación popular es otra cosa. Para que se concrete, de­be tener como aspiración inmediata posibilitar el acceso al sistema educacio­nal de la población estudiantil, que por su situación económica y social se ha­lla actualmente marginada del mismo.

En la expresión "democratización de la enseñanza", la propaganda ofi­cial pretende significar que las oportunidades educacionales alcanzan a todos los niños y jóvenes por igual. Nosotros sabemos que ello es una falacia, pues existen, y bastante acusadas, las diferencias sociales, y ellas involucran "desi­gualdad educativa".

Es real el problema de la diferencia de nivel socio-cultural. Se vive en las escuelas, donde los niños provenientes de los ambientes más humildes, mani­fiestan problemas para adecuarse a la modalidad del sistema. Tienen, por ejem­plo, dificultades en la expresión, fundamentalmente pobreza de vocabulario; por sus mismas relaciones sociales y, en general, por la ausencia de ciertas vi­vencias, se sienten desguarnecidos culturalmente. Por otra parte, muchas ve­ces tienen que repartir su tiempo entre la escuela y un trabajo, para ayudar con su pequeño salario al exiguo presupuesto familiar. La escuela, a pesar de que preconiza "enseñanza individualizada", no atiende esas diferencias y esos problemas, y obra injustamente con un espíritu selectivo.

Esto se traduce en cierto rechazo que ejerce la estructura del sistema ha­cia esa población estudiantil en dos aspectos: el cultural y el económico, y ex­plica en gran medida el problema de la deserción.

Por eso se requiere la intervención directa del estado para solucionar eventualmente los problemas materiales que crean esas desventajas, hasta tanto el progreso del país logre condiciones materiales más justas y equilibrada. El estado debe garantizar a todo niño que viva en el país, el acceso a las institu­ciones educativas, y su permanencia si es que realmente se interesa por la edu­cación de su pueblo. Ningún niño, ningún joven, debe encontrar otra limita­ción para proseguir su formación que la de sus "aptitudes" y bien sabemos que la existencia de esas aptitudes para cursar estudios primarios, medios, in­clusive superiores, se dan en la mayoría de los casos. En algunos individuos éstas han quedado adormecidas, sofocadas por la falta de estimulación y ejercitación, o, más dramáticamente, porque quedaron aletargadas por una ali­mentación deficitaria en los primeros años de vida.

Cuando la totalidad de la población ingrese efectivamente al sistema, és­te se enriquecerá en experiencias y relaciones humanas, que redundarán direc­tamente sobre su funcionamiento, que deberá adaptarse a los nuevos requeri­mientos que el número lo plantee.

Educación popular significa, pues, la eliminación de toda discriminación que se ejerce sobre la población, la resolución no sólo de las diferencias entre sexos, entre grupos sociales, sino también las existencias entre ambiente urba­no y rural.

Educación popular significa además, que todos puedan alcanzar buenos niveles de rendimiento ubicándose en una situación propicia para el trabajo creador.

Crear, es encontrar nuevas formas de combinar distintos elementos ya existentes, y para ello es necesario prepararse por medio del proceso normal del aprendizaje. Es un error suponer que el acto de creación es un hecho pu­ramente fortuito. Requiere la asimilación e interiorización de toda una serie de contenidos mentales y una larga experimentación. "Ni Einstein ni Picasso hubiesen dejado huellas en la sociedad si no hubiesen sido previamente gran­des maestros dentro de su profesión". (Konnoth Richmond W. La revolución de la Enseñanza Nerder. Barcelona. 1971. pág. 71). Cultivar la creatividad no es ni descabellado ni utópico, y puede lícitamente ser aplicada a cualquier ac­tividad humana, ya que el concepto de "creatividad" se ha emancipado del contexto artístico al cual tradicionalmente estaba reservado.

Esta educación popular se fundamenta en aquel concepto que dejára­mos asentado: todo hombre posee una capacidad potencial que es propicio desarrollar. El progreso auténtico de un país estará garantizado si toda la po­blación participa de ese desarrollo.

Así entendida, la educación popular tiene un significado que trascien­de el marco educacional para proyectarse con un sentido claramente social y político, porque es la expresión de una doble exigencia social: la que recla­man los grupos sociales postergados, y la que reclama el país, que para su progreso necesita de la participación activa y efectiva del pueblo en todos los asuntos nacionales.

Educación popular es, por tanto, sinónimo de educación nacional.

Para que el hombre participe conscientemente en el progreso del país, para que forme su conciencia nacional, debe haber unidad de destinos sincera­mente sentida por todos. Y para ello es necesario conocer en profundidad la realidad de la patria, cómo y dónde viven los hombres, qué hacen; tomar conciencia de la situación histórica presente, lo que se logra a través del conocimiento del largo proceso del cual emana. Así pueden dibujarse las perspecti­vas futuras y asegurar su avance actuando y asumiendo un papel acorde con ella.

"EI presente no puede desconectarse del pasado... la falta de conciencia histórica opaca los acontecimientos más cercanos. A la actitud reaccionaria que intenta detener la historia en un momento del pasado, no debe oponérse­le la inmovilidad del presente, sino la integración de uno y otro en un proceso abierto y creador. En efecto, educarse consiste en buena parte, en apropiarse del patrimonio cultural de las épocas pasadas... se sobreentiende que no hay que tomar la cultura anterior como algo acabado que nos inmoviliza, sino co­mo un apoyo imprescindible para proseguir la marcha". (Frondizi Risieri. Las nuevas ideas pedagógicas y su corrupción, en Revista de Ciencias de la Educa­ción N° 1. Bs. As., abril, 1970).

La geografía como ambiente, el paisaje con el contenido humano, es el fondo sobre el cual se proyectan las acciones de los hombres que desarrollan el sentido de lo nacional. Esto engendra el verdadero patriotismo, ese hondo sentimiento social enraizado por siglos y milenios de existencia de naciones aisladas. Se expresa en el amor al país en que nacimos y crecimos, del que nos consideramos partícula inseparable.

El verdadero amor a la patria es un cariño consciente. El patriotismo es una de las más hermosas manifestaciones humanas, despierta en la persona el deseo de emprender acciones para bien de su pueblo. Ese sentimiento debe ayu­dar a racionalizar los hechos, y a darles la verdadera dimensión que éstos ten­gan, a comprenderlos dentro del acontecer mundial.

Por eso, el que una educación sea nacional, no implica que en el conte­nido de la enseñanza que imparte se cierre a la experiencia y al pensamiento de lo extranjero. Por el contrario, debe enriquecerse a través de esa experien­cia, siempre y cuando la asimilación se traduzca en beneficio de la patria y no en enajenación para sus habitantes.

Una educación nacional se recibe no solo a través de los conocimientos; fundamentalmente se vivencia. Una educación nacional en la que entronca con el quehacer político.

En lo político, el pueblo es el heredero histórico de un largo proceso de luchas en la conquista de las libertades y garantías democráticas. Se contribu­ye eficazmente a esclarecer más el panorama para el hombre común, para la población en general, con el ejercicio de la vida democrática. Es la experien­cia, es el contacto con otros hombres, con otros núcleos, es la discusión, la de­fensa, el ejercicio activo de la vida política lo que socializa al hombre, y así lo forma humanamente para cumplir su rol activo en la sociedad.

 

EDUCACION CIENTIFICA Y HUMANISTA

El proponer que la educación sea también científica y humanista, no sig­nifica que esa educación posea dos cualidades distintas que se alcancen separa­damente. Son dos conceptos que se funden en uno solo. No existe contradic­ción entre lo científico y lo humanista, como no existe contradicción entre lo popular y lo nacional. A nuestro entender, una educación es tanto más cientí­fica, cuanto más humanista y viceversa.

Generalmente se entiende por humanista aquella educación que tiende a formar al individuo de acuerdo con la tradición del humanista clásico, trans­mitiéndole al joven los "bienes culturales" del hombre. De acuerdo a esta con­cepción, profundizar el estudio de las leyes, las artes, la filosofía, las letras, es seguir una carrera humanista.

Por otra parte, se entiende por científica, la educación que tiene como objetivo estudiar las ciencias naturales y la técnica. Medicina, ingeniería, ma­temática, por ejemplo, son consideradas carreras científicas.

Nosotros entendemos que esta caracterización parcializadora no corres­ponde a la realidad. Tiene su origen en una interpretación del hombre, de la sociedad y de la relación que se establece entre ellos que ya ha sido histórica­mente superada pero supervive al amparo de las ideologías propias de las so­ciedades que tienen la organización social, política y económica característica del capitalismo.

Esas ideologías llevan implícito un concepto idealista de la cultura, vá­lido por siglos. La cultura pierde su base material, porque se la separa de ella y es explicada como un producto meramente del "espíritu”. Esta separación responde en principio a la separación que se establece entre trabajo intelectual y trabajo manual. El primero, reservado a las clases privilegiadas, el segundo a las clases laboriosas.

El producto de ese trabajo espiritual, intelectual, constituye precisa­mente esos "bienes culturales" de que habláramos, por medio de los cuales se logra una formación humanista. Por eso, el hombre común reduce lo humanis­ta a un cúmulo de actividades que carecen de todo sentido práctico, porque las considera un adorno "cultural", que da un determinado prestigio social a quien tiene las posibilidades materiales de realizarlas (asistir a conciertos, con­ferencias, exposiciones, leer libros, etc.).

Inclusive la pedagogía contemporánea acusa errores que derivan de las diversas ideologías y que corresponden en definitiva a los intereses de las dife­rentes clases sociales.

Simplificaremos, aún sabiendo que todo esquematismo es peligroso, al afirmar que, en líneas generales, existen dos corrientes pedagógicas contra­puestas. La educación del prestigio, de base "humanista", espiritual, y la educación del lucro, propia del pragmatismo, que se orienta hacia las concrecio­nes materiales de la técnica.

La primera trata de formar al hombre para que éste halle su destino más "humano", por encima de las contingencias de la vida material. Defiende conscientemente la diferenciación de los seres humanos de acuerdo a las clases so­ciales a que pertenecen, y hace hincapié en el contenido "humanista" de la enseñanza.

La segunda, despreciando en cierto sentido el quehacer del hombre que no tenga una inmediata aplicación práctica, (por ejemplo el arte) cae en la es­pecialidad unilateral, que informa exhaustivamente sobre una determinada área científica, y que el avance monstruoso de la ciencia en general hace redu­cir cada vez más esa área.

Ni la una ni la otra pueden formar integralmente.

No es humanista una educación que tiene desconfianza en los destinos de la humanidad para crear un mundo mejor sirviéndose de la ciencia y de la técnica, ni es científica una educación que forma exclusivamente para fines profesionales técnicos e investigaciones científicas, soslayando la formación histórica en la que la filosofía y el arte encuentran su exacta ubicación y po­sibilitan al hombre sentirse integrado a la humanidad.

Para nosotros, la cultura es el conjunto de valores materiales y espiritua­les, así como los procedimientos para crearlos, aplicarlos y transmitirlos, obte­nidos por el hombre en el proceso de la práctica histórico-social. Por tanto, la cultura está ligada a todas las realizaciones del hombre, porque es producto de ellas. Porque en realidad no existe separación entre trabajo intelectual y traba­jo manual. Hay un solo trabajo, y es la actividad del hombre que transforma su medio, transformándose a sí mismo. Lo que diversifica la actividad del hombre es la instrumentación, son los medios que emplea, es la técnica, que en última instancia son creaciones de su propia actividad.

La ciencia constituye un sistema, históricamente formado, de conoci­mientos ordenados cuya veracidad se comprueba y se puntualiza constante­mente en el curso de la práctica social. La técnica es la ciencia aplicada a la producción.

Lo científico es humanista porque, a través de la ciencia y de la técnica, el hombre ha creado medios para servirse de la naturaleza y para hacer de su vida una vida más humana. Gracias a la ciencia el hombre es menos depen­diente de la naturaleza, cuanto más se aleja de la naturaleza puede dominarla y servirse de ella, y se hace más humano.

La ciencia es humana cuando está al servicio del hombre, cuando le po­sibilita vivir mejor, prolongar su vida, desarrollar sus capacidades, y no para apretarlo o herirlo parcial o totalmente.

El hombre podrá llevar una existencia más humana en la medida en que

conozca su medio y se conozca a sí mismo a través de los conocimientos que el proceso de la ciencia ha llegado a elaborar.

Por eso una formación humanista es una formación científica.

La separación implica formación unilateral, y no formación integral, multilateral. Significa la formación del técnico, la formación del ingeniero, del violinista, que en la realidad no existen. Porque los que existen son los hom­bres ingenieros, hombres violinistas. Eso no es creación, sino deformación.

Un sistema educacional que forma exclusivamente para la investigación, para la vida profesional, sin tener en cuenta el aporte de ese patrimonio cultu­ral heredado, conduce al fracaso; no puede formar humanamente al hombre porque le priva de un marco de referencia que le es esencial para que pueda comprender su realidad y asumir sus obligaciones sociales. Esa formación no es científica, sino cientificista.

Un sistema educacional es científico y humanista cuando en sus planes, programa y metodología, refleja el avance de los conocimientos, y entre sus objetivos se propone dotar al alumno de un tipo de preparación que le permi­ta seguir aprendiendo por sí mismo.

Por eso una educación es científica y es humanista cuando libra las po­tencialidades creadoras del hombre, de todos los hombres. Por eso, para que alcance a todos debe ser además, nacional y popular. Nosotros hemos analiza­do separadamente uno y otro aspecto sólo a los efectos de dar mayor claridad a nuestra exposición.

Pero nunca una educación puede llegar a ser científica y humanista si no es popular y nacional, ni tendrá carácter nacional y popular si no es cientí­fica y humanista. O sea que es la educación que propenda al desarrollo inte­gral de la mayoría de los hombres en beneficio de todos.


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