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Aniversario del PSP

En la construcción y en la unidad,
por la libertad, bienestar
e independencia nacional

Buenos Aires, 23 de abril de 1979

Estimado amigo:

23 de abril de 1979, séptimo aniversario de la resolución de miles de argentinos -en su mayoría jóvenes- de dedicar parte de sus vidas, horas de todos sus días a la defensa de la Patria argentina, a la defensa del patrimonio nacional, a la defensa y al afianzamiento de la libertad y del bienestar de todos los integrantes de las mayorías nacionales.

Desde aquella fecha, siete largos y cortísimos años han trascurrido, tanto como para quie­nes estuvieron aquel día, como para quienes se fueron incorporando en las estribaciones precordilleranas; en las mesetas desoladas pero argentinas de la Patagonia; en nuestro litoral donde agua, viento, pájaros, peces y ho­jas cantan la más cariñosa melodía de la naturaleza; en los fríos y colmados intestinos de cemento de las gran­des ciudades; en los lodazales de las villas miseria que las rodean y que constituyen la contraparte de sus vías de mercurio y de sus autopistas.

Para todos nosotros, fueron siete años de triunfos de la vida sobre la muerte, de la construcción sobre la destrucción, de la integración sobre la desintegración, de la unidad sobre la división y de la confianza sobre la desesperanza.

En estos siete años, a través del incansable y abnegado trabajo al servicio de la Patria y, fundamentalmente, al servicio de la defensa de los inte­reses de los integrantes más humildes del pueblo de la Patria, en cada uno de nosotros se afianzó la vida, la construcción, la integración, la unidad y la confianza. Pero, por sobre todas las cosas, se hizo hábito el ofre­cer y el dar, sobre los instintos de quitar y de saquear.

Estos cortos y largos siete años han trascurrido en medio de grandes alegrías y grandes tristezas populares. Durante ellos hemos vivido momentos efímeros de grandes alegrías y largos tiempos de destrucción y de dolor.

Somos hombres de un tiempo y debemos asumir esa responsabilidad. No podemos elegir la época en la cual vivir, no podemos pretender vivir la España de Isabel la Católica, o la Francia de Bobespierre, o el Buenos Aires colonial, o la esperanza de la generación del 80, o la epopeya del 90, o la Argentina de 1916, o el "fraude patriótico" de la década infame, o el 17 de Octubre de 1945.

Tenemos la imperiosa obligación de vivir en abril de 1979, en un mundo convulsionado por el dolor de la muerte de un pasado y del nacimiento de un futuro. En él, la suerte del Sha Reza Pahlevi e Idi Amin y los resultados electorales de España, nos demuestran la invalidez de pretender vivir al margen y por sobre la voluntad de los pueblos.

La suerte y el destino del despotismo han estado y están sellados en la historia de la humanidad. Pero también el mundo presente nos demuestra las limitaciones y las relatividades de epopeyas populares que a principios de nuestro siglo parecían conducir, en forma lineal y salvando todo tipo de contradicciones, a un futuro mejor.

De todos estos acontecimientos debemos sacar conclusiones: no debemos ir a la fácil y barata conclusión de que nada sirve o de que todo sirve y es igual. Como hombres de fin del siglo veinte, debemos jerarquizar el valor del hombre y el valor de la volun­tad de los hombres en todo proceso histórico. Como argentinos, debemos jerarquizar por sobre todas las cosas la defensa y el afianzamiento de la independencia nacional. La historia patria nos enseña que de afuera nadie viene a regalar soberanía sino a rapiñarla.

Los argentinos debemos tener la fuerza y el coraje de enfrentar nuestro tiempo, tiempo de dolor, tiempo de convulsiones de una Patria donde lo viejo se resiste a morir y lo nuevo tarda en nacer.

Ningún argentino ha podido elegir la época de su nacimiento, pero puede elegir el poner su vida, su fuerza, su trabajo en la defensa de los privilegios y arbitrariedades del pasado o al servicio de la construcción de un futuro más justo, más humano, con menos privilegios y con menos arbitrariedades.

Esto sí lo podemos elegir. Definir el objetivo de la vida es requisito indispensable para vivirla plenamente.

Quienes añoran el Buenos Aires Colonial, al Restaurador de las Leyes, al Inmortal Sanjuanino, a la generación del 80, la revolución del Parque, la Liga del Sur o el año 1945, pretenden evadirse de la Patria de 1979. No se animan a mirar de frente a la rea­lidad y entrecierran los ojos, añorando la paz idílica de un pasado histórico.

Todo ensayo para la reconstrucción del pasado será coronado por el fracaso. Es el viejo sueño de los alquimistas buscando la piedra filosofal, es el viejo sueño de los gerontes buscando la fuente de Juvencia; ellos serán triturados, no por una facción, no por un partido, sino por la realidad.

¿Quién derrota al denominado plan económico vigente? ¿Quién mantiene la inflación? ¿Es un partido o una facción? ¿0 es la realidad? La inflación de un sistema económico es como la fiebre en un cuerpo humano, es un índice de putrefacción, de infección, que hay que curar o quizás operar. En nuestro país hay que curar o quizás operar su estructura económica.

No se cura bajando la fiebre sino suprimiendo sus causas; no se combate la inflación congelando los salarios, sino suprimiendo la especulación. La especulación no la producen los trabajadores porque des­de que el mundo es mundo, especula el que tiene y no el que quiere, no especula el hambriento sino el que almacena alimentos, no especula el que trabaja sino el que ma­neja la Bolsa, el que maneja la banca, el que maneja el crédito, el que maneja el mecanismo impositivo, el que maneja la reglamentación de importación-exportación. ¡Por eso, la inflación no se combate modificando la ley de contrato de trabajo, sino con leyes que pongan al servicio del interés nacional todos los altos mecanismos de las finanzas.

Esto no se ha hecho, pero se hará, porque el hombre se realizará, porque los argentinos se realizarán, porque nuestra Patria, la Nación Argentina triunfará. Hoy, de acuerdo con la denuncia de un ente oficial, en nuestra realidad económica podemos afirmar que, especulando, se puede ganar en pocas horas lo que un trabajador rural demoraría en ganar 12.593 meses o 1.049 años de trabajo.

Esta es la realidad que surge de declaraciones oficiales y de los salarios oficiales del Estatuto del Peón, pero como se vive negando la realidad y afirmando fantasías en forma permanente, supongamos por un momento que el trabajador de nuestro país gane, término medio, trescientos mil pesos ley o treinta millones de pesos moneda nacional. En este caso un trabajador necesitaria, para alcanzar las ganancias denunciadas de la es­peculación, 2.728 meses o 227 años.

Esta es la realidad de una organización económica que dice ser democrática y que dice garantizar la igualdad de oportunidades y que afirma -varias veces al día- que el peso de la reconstrucción nacional es soportado en iguales proporciones por todos los habitantes.

Este ejemplo fantástico es uno solo, es un solo caso. Nadie podrá pensar que es el único caso. Hace pocos días, también los medios oficiales de­cretaron otra investigación porque cifras millonarias otorgadas a bajo interés, en créditos de promoción, hablan sido dedicadas a otra gigantesca maniobra especulativa.

Pero no se agota en las maniobras especulativas la confusión de nuestra realidad. Hace pocos días importantes medios de prensa daban a conocer que los vecinos de una localidad contigua a Rosario se ha­bían dirigido al gerente de la casa central de una multinacional, para evitar que una casi centenaria avenida de casuarinas fuese talada en ofrenda a los valores de la estúpida sociedad de consumo que se nos impone desde adentro y desde afuera, porque: una decepción muy honda pesa en Granadero Baigorría ante la indiferencia de los poderes públicos que nada hacen para impedir el crimen. (La Nación, 10-4-79).

El viejo camino de las carretas, el viejo sendero por el cual San Martín condujo a sus Granaderos al encuentro de la gloria en los campos del convento de San Lorenzo, será talado, porque el drama profundo es que ya no importan las carretas de los que hicieron el país, ya no importan los Granaderos, hombres de pueblo que nos dieron la independencia y la libertad.

En la Torre de Babel que ha edificado la sociedad de consumo -que se desplomará indefectiblemente- el único dios es el lucro y el único arte la especulación.

Tan extraviados estamos que, se­gún el cable internacional, nos estamos ofreciendo como almacén de residuos nucleares extranjeros, a pesar de saberse científicamente que estos residuos son incontrola­bles y, por lo tanto, el peligro de su almacenaje incal­culable.

Es posible que las casuarinas caígan; morirán de pie como sabemos morir los argentinos, como nos enseñó a morir el Tambor de Tacuarí, como nos en­señó a morir el Sargento Cabral, como nos enseñó a morir el negro Falucho. Jóvenes y pobres que construyeron la Patria y su Gloria. ¿Quién recuerda los nombres de los matadores? ¿Quién no recuerda los nombres de los héroes?

Este es el juicio inapelable de los pueblos en la historia del mundo. Este es el único juicio que debe preocupar a los argentinos, este es el único juicio que preocupa a los hombres que hace siete años asumimos el compromiso.

Pero a pesar de todo, con la mis­ma confianza que el pescador se hace a la mar todas las auroras, con la misma confianza, con la misma esperanza con que los niños crecen y estudian cada día, debemos continuar la marcha, construyendo la Patria; construyendo la conciencia nacional; organizando al pueblo para la cons­trucción, jamás para la destrucción; para la comprensión, jamás para el odio; para la convicción de que hoy somos más y cada uno más capaz que ayer para luchar por la li­bertad, por el bienestar y por la independencia nacional.

Esta lucha comienza por nuestra propia lucha, por ser cada día mejores soldados de la causa nacional. Solamente podemos ser cada día mejores sol­dados de la causa nacional, cuando tenemos la fuerza ne­cesaria para reconocer nuestros errores de ayer, para aceptar las críticas, para modificar nuestra conducta y así merecer la herencia de todos los anónimos argentinos y extranjeros que en esta tierra trabajaron, sufrieron y murieron pero la hicieron; dando, no quitando; trabajan­do, no especulando.

De esos argentinos queremos ser discípulos. Que miren el pasado quienes no se animan a mirar el presente. Nosotros estamos en el presente, lo vivimos, lo padecemos, para construir un futuro con me­nos sufrimiento. A ese futuro cierto de la Patria lo he­mos de construir todos los argentinos sin exclusiones: representantes de las funciones sanitarias y educacionales, representantes de los trabajadores y de los empresarios, representantes de las empresas sociales y de las empre­sas privadas, representantes de las actividades agropecuarias, representantes de las Fuerzas Armadas y de seguridad, de los profesionales, de los religiosos y de to­dos los sectores de la vida nacional.

Esta conjunción la planteamos ayer, la planteamos hoy y la realizaremos mañana, porque constituye una necesidad de la Patria para organizarse, existir y avanzar. De esta conjunción emergerá una pro­puesta con validez histórica.

Evoquemos este día trabajando y estudiando una hora más por la libertad, el bienestar y la independencia nacional.

Argentinicemos nuestras mentes y nuestra Argentina!

Fraternalmente,

Guillermo Estévez Boero


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