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No olvidar

La situación económica por la que atraviesa la República es sumamente grave, pero no por los compromisos externos, no por lo que el país debe pagar al exterior, sino por nuestra realidad interna en la cual se aprecia el cierre creciente de pequeñas y medianas empresas y la consiguiente desocupación de centenares de miles de trabajadores.

A la crisis planteada por la aplicación de medidas ajenas al interés nacional se ha respondido con mentalidad dependiente y no con cabeza propia. Se pretende arreglar primero lo externo y después lo interno. Mientras que lo que corresponde es arreglar siempre la casa y luego salir de ella. Para arreglar la casa es necesario asegurar el funcionamiento de las fuentes de trabajo, evitar la desocupación y defender el poder adquisitivo de los salarios.

La solución de la crisis no radica en el incremento de las tarifas de los servicios públicos y de los combustibles, sino en un control cierto del mercado de divisas y del comercio exterior que impida la evasión de miles de millones de pesos hacia el extranjero.

Las líneas de créditos a largo plazo y a bajo interés prometidas no se han concretado. La clausura de las pequeñas y medianas empresas, la reducción de días de trabajo y la quiebra y el desaliento de los pequeños y medianos productores del campo son las respuestas de nuestra realidad a la mora en que se incurre en la concreción de medidas destinadas a evitarla.

La crisis económica que vive el país clava sus dientes en los trabajadores y en los sectores medios. Cabe entonces preguntarse quién sale beneficiado con ella. Salen beneficiados con ella los monopolios extranjeros en sentido directo e indirecto. En sentido directo porque lejos de ponerse vallas a su accionar se habla de modificar la ley de radicaciones de capitales a los efectos de darles a éstos mayores privilegios, que redundarán como es lógico en mayores sacrificios para las mayorías nacionales.

En el sentido indirecto porque la situación económica que vive el país desembocará, si no se la modifica rápidamente, en un caos social que será aprovechado para quebrar el orden institucional e instaurar un gobierno al servicio de los intereses extranjeros.

En reiteradas oportunidades el Partido Socialista Popular afirmó que a la luz de nuestras experiencias históricas, que nos deparan hechos tan negativos como los golpes de estado de 1930, de 1955 y de 1966, cuyas consecuencias económicas y espirituales aún pagamos los argentinos, era incompatible la coexistencia de un gobierno representativo de la soberanía y de los intereses populares con los monopolios extranjeros y su asociada la oligarquía terrateniente. No por reiterada, esta afirmación, deja de tener plena vigencia en las difíciles horas por las que vive el país.

Al equivocar el camino superador de la crisis y jerarquizar el problema externo, nuestro país cae en las fauces de los chacales que le están esperando. Ya todo el mundo conoce las exigencias de los organismos internacionales de créditos: las modificaciones de la ley de radicación de capitales, el alza de las tarifas de los servicios públicos y de los combustibles, el congelamiento de los salarios, la creciente devaluación de nuestra moneda y la disminución del peso político de las organizaciones gremiales de nuestros trabajadores. Sobre estas bases es imposible la negociación por parte de un país soberano.

Con los usureros no se negocia, se fija unilateralmente la forma de pago. Nuestra patria debe declarar la moratoria de la deuda externa en forma unilateral de conformidad a sus posibilidades económicas reales, que son muy grandes y jamás poner en la mesa de las negociaciones nuestros recursos naturales y el hambre y la desocupación de nuestras mayorías nacionales. Ante la situación planteada es necesario fortalecer las organizaciones sindicales. Fortalecer el gobierno institucional que representa la soberanía popular y que debe representar en su accionar diario a los intereses populares. Fortalecer la existencia de los grandes partidos políticos populares, no creando divisiones en ellos sino asegurando su funcionamiento interno democrático.

Es imperioso practicar una política dialoguista entre el gobierno y las fuerzas políticas y entre éstas y también es imperioso evitar divisiones artificiales en el seno de las mayorías nacionales e incrementar en la vinculación de todos los sectores de la vida nacional: Gobierno, partidos políticos, CGT, CGE, Federación Agraria Argentina, Fuerzas Armadas u Iglesia.

La unidad nacional, grande e insustituible bandera aportada por el General Perón en su retorno, constituye el único marco dentro del cual podemos los argentinos caminar hacia la Liberación Nacional.

La división nacional, la fragmentación del gobierno, de los partidos políticos, de la CGT, de la CGE, de la Federación Agraria, de las Fuerzas Armadas y de la Iglesia es el marco dentro del cual sólo encontraremos la estéril lucha fratricida, la claudicación de la soberanía política, la dependencia económica y el caos definitivo del cual sacarán provecho los enemigos permanentes de la Nación y de su destino.

Pueden sostener ese objetivo quienes como el Partido Socialista Popular creen en las mayorías nacionales y consecuentemente creen en la argentinidad de la inmensa mayoría de los integrantes de los partidos políticos, de las organizaciones sindicales, de las organizaciones de los pequeños y medianos productores de la ciudad y del campo, de los integrantes de las Fuerzas Armadas y de la Iglesia.

Quienes sectariamente, por no comprender la realidad nacional en su complejidad y profundidad se creen con el monopolio de la argentinidad o están al servicio de inconfesables intereses extranjeros predican la desconfianza entre los sectores de la vida nacional, predican la política del no diálogo, predican la política de la no concertación, practican un terrorismo que al margen de su orientación disocia en la práctica a las mayorías nacionales; en otras palabras, planifican consciente o inconscientemente la división de los argentinos en beneficio de los intereses extranjeros.

El Partido Socialista Popular creado por la juventud con vocación de servicio a las mayorías nacionales y en especial con claros objetivos de reivindicación y emancipación de los trabajadores de nuestra Patria, golpeará incansablemente una tras otras las puertas de los diversos sectores del quehacer nacional reclamando una política de concertación que nacionalice los monopolios, que expropie a la oligarquía y que asegure la libertad, el bienestar y la independencia nacional

Que el padecimiento de los trabajadores en 1930, en 1955 no haya sido en vano, recordemos la lección de la sangre si queremos evitar nueva sangre. Afiancemos las organizaciones del pueblo y de los trabajadores para derrotar al antipueblo y a los monopolios. Las organizaciones del pueblo se afianzan consolidando y masificando las tareas en las vecinales, en las bibliotecas, en los sindicatos, rodeando las comisiones internas, masificando los centros estudiantiles, desarrollando el que-hacer de las organizaciones de los pequeños y medianos empresarios de la ciudad y de los productores del campo, desarrollando las cooperativas de producción, de trabajo, de crédito, de consumo. Todas estas organizaciones de base constituyen el cimiento indestructible de la Nación. Es necesario lograr que sean plenamente representativas y que su funcionamiento satisfaga las necesidades reales de los integrantes de las mayorías nacionales. Sólo células vivas integran un cuerpo vivo, solamente un país cuyas organizaciones de base son representativas y eficientes puede tener una organización institucional fuerte, representativa y eficiente.

Queda cada vez menos tiempo para errar. Afianzando las organizaciones populares y las organizaciones sindicales garantizaremos el derecho a la vida, a la subsistencia, a la salud y a la educación de las mayorías nacionales.

 

SOLO EL PUEBLO SALVARA AL PUEBLO.


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