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Terrible Aniversario

La realidad de un país dividido, carente de un proyecto nacional, posibilitó que los intereses imperialistas y los sectores más retrógrados de la vida nacional procediesen a arreglar cuentas con las mayorías nacionales.

El país fue una mezcla terrible de Saigón y nazismo, éstos son los valores filosóficos que ha proyectado para Latinoamérica el gobierno republicano de los Estados Unidos.

La característica de la represión, de la guerra sucia y la violación de los derechos humanos estuvieron determinados no sólo por la filosofía infiltrada en las cúpulas de las Fuerzas Armadas, sino por los objetivos e intereses que representó el plan de José Martínez de Hoz. Estos intereses —la banca norteamericana— y sus objetivos, son incompatibles con la existencia de toda Constitución, de todo derecho humano.

Después de lo vivido si cada integrante de las mayorías nacionales no comprende esta realidad y actúa cada día para cambiarla, volveremos a recorrer el camino del exterminio, y el terrible aniversario será un pálido reflejo de lo que viviremos los argentinos si no aprendemos la lección.

Los intereses que representó el equipo de Martínez de Hoz impusieron sus objetivos a sangre y fuego y, como la sangre indígena que amalgamó la plata que salió de América, con la sangre de nuestra juventud, de nuestros trabajadores y con la vejación de la República toda, se amalgamó el oro que el equipo de Martínez de Hoz sacó afuera del país y se construyó la deuda externa.

El equipo económico siguió una táctica de "comandos", actuó con una velocidad y eficacia digna de una causa decente y nacional, destruyó el aparato productivo, destruyó las economías regionales, derrochó en obras gigantescas al margen del interés nacional, incrementó la dependencia del país, abrió indiscriminadamente la importación para quebrar la producción nacional, cerró un alto porcentaje de fábricas de los pequeños y medianos empresarios y robó a los trabajadores a través del desfasaje entre el costo de vida y los salarios una cifra que supera la deuda externa, este accionar degradante antinacional se exhibió a diario y se exteriorizó claramente al devolver las bocas de expendio a los monopolios petroleros y al prohibir el uso de los colores nacionales a Yacimientos Petrolíferos Fiscales.

Así vivimos los argentinos el terrible privilegio de compartir con nuestros hermanos chilenos y uruguayos el campo de concentración del Cono Sur que fue —y que sigue siendo en los territorios hermanos— el más extenso, el más poblado y el más degradado del mundo en la segunda mitad de este siglo XX.

Hoy, los argentinos iniciamos un nuevo período institucional, con las cicatrices frescas en el cuerpo y en la mente producidas por la terrible degradación material y moral del régimen instaurado el 24 de marzo de 1976. Debilitados por la desunión y por la ausencia de un concreto proyecto nacional, no terminamos de definir quién es el amigo y quién el enemigo, y que es lo trascendente y qué lo intrascendente.

Los enemigos agazapados y no tan agazapados miran cómo vamos malgastando el tiempo de la soberanía popular sin poner las finanzas al servicio del país, nacionalizando el comercio exterior, la banca, el mercado de cambios y las operaciones de reaseguro. Sin declarar la moratoria de la deuda externa —para que el país pague lo que realmente debe y como pueda— y sin erradicar definitivamente a la especulación y al mercado negro dando participación a los trabajadores en la administración de las empresas líderes.

El Partido Socialista Popular con la misma modestia pero con la misma fuerza con que alertara y denunciara las consecuencias de la la ruptura del orden institucional en 1966 y en 1976 convoca hoy, a los argentinos encabezados por sus trabajadores y por su juventud a volver a beber en las fuentes primeras de la nacionalidad, a comprender que nuestra independencia fue posible, porque el pueblo de Mayo tuvo la sabiduría de fundir en la Primera Junta a civiles, a curas y militares; tuvo la sabiduría de incorporar a hombres jóvenes revolucionarios y a hombres maduros tradicionalistas. Debemos volver a la fuente contemporánea de los grandes movimientos nacionales, al pensamiento de la FORJA de Scalabrini, de Jauretche y de Dellepiane, debemos comprender que no puede haber movimiento nacional sin proyecto nacional, que los enemigos del país no son ni los trabajadores ni los sectores medios, sino el imperialismo y los sectores retrógrados nativos a él asociados. Debemos comprender que los intentos de humanizar, de democratizar y de liberalizar a una Argentina dependiente se han agotado, que debemos afianzar todos esta etapa institucional que ha de permitir que los argentinos dialoguemos sobre temas trascendentes de participación orgánica y democrática y, acerca de la estructuración de una Argentina integrada e independiente, donde todos los sectores de la vida nacional contribuirán a dar forma y a realizar un nuevo proyecto que ha de jerarquizar al trabajo, que protegido por la justicia social, será la vía de la concreción del bienestar y de la libertad.

A recorrer el difícil —pero el único válido— camino de la unidad nacional para construir esa nueva Argentina que será socialista y democrática, convoca el Partido Socialista Popular.


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