Fundación ESTEVEZ BOERO

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Seminario Nacional de la Juventud de la Unidad Socialista

 

Buenos Aires, Octubre de 1989.

Durante los días 2 y 3 de Setiembre se realizó en la ciudad de La Plata el Seminario Nacional de los jóvenes de la Uni­dad Socialista: "Vigencia del pensamiento y la acción de los socialistas sobre la juventud".

El mismo fue organizado por los Partidos Socialista de­mocrático, Socialista del Chaco y Socialista Popular, y aus­piciado por la Fundación Friedrich Ebert. Contó con la pre­sencia de delegados provenientes de todo el país, se desa­rrolló en un marco de unidad y confraternidad.

Las palabras de apertura las pronunciaron los compañe­ros Elmir Salvioli, —concejal electo de la Unidad Socialista en La Plata— por el Partido Socialista Democrático; Luis Basterra, miembro del Consejo Directivo del Partido Socia­lista del Chaco y Gustavo Galán, secretario general de la Fe­deración Bonaerense del Partido Socialista Popular.

En el cierre del encuentro los secretarios generales juve­niles de las tres organizaciones: los compañeros Jorge Rivas por el P.S.D., Hugo Fernández por el P.S.Ch. y Rubén Giustiniani por El P.S.P coincidieron en evaluar la importancia del evento y de las conclusiones alcanzadas para la concreción de un único Partido Socialista.

 

Taller nro. 1:

DEMOCRACIA Y SOCIALISMO

La democracia como valor universal

La democracia es hoy un valor reco­nocido universalmente, cuyo concepto se ha profundizado con el devenir histó­rico.

En la historia, la democracia liberal individualista de las instituciones repu­blicanas se identifica con las ideas de li­bertad civil y política, a través de los pos­tulados reconocidos en la famosa "De­claración de Derechos del Hombre y del Ciudadano".

La democracia como proyecto políti­co reaparece con la Revolución Francesa reconociendo al pueblo como titular de la soberanía popular, de un pueblo de ciu­dadanos. Libertad individual y limitación del poder estatal fueron los preceptos de la burguesía liberal; sin embargo no siempre constituyeron la expresión de una tendencia democrática. El liberalismo pre­cedió cronológicamente a la democra­cia, el Estado liberal fue el presupuesto histórico del Estado democrático.

Desde el punto de vista jurídico y hasta filosófico aquellos acontecimien­tos significaron un paso gigantesco, sig­nificaron una verdadera revolución.

La idea democrática —gobierno del pueblo por el pueblo mismo— incluía una consecuencia más ambiciosa que la idea liberal: no sólo la liberación del hombre respecto a la arbitrariedad gu­bernamental sino la apropiación por el pueblo del mismo poder político.

Desde el punto de vista económico-social nada pasó. Reemplazar el esclavo por el proletario y al amo por el patrón muy poco significa. Antes el hombre era esclavo del hombre a través del hombre mismo; luego fue esclavo del hombre a través de la tierra, ahora es esclavo del hombre a través del capital en sus múltiples formas. Esclavo, siervo, proletario.

En una sociedad no igualitaria, es­tructurada de modo completamente je­rárquico, el pueblo de los ciudadanos coincidía con los estamentos a quienes se confiaba —por medio del sufragio— la formación de la voluntad política. Es así que la base social de la democracia quedaba reducida a los hombres propie­tarios, estando excluidos del derecho al voto de igual modo también las clases desposeídas, los trabajadores como las mujeres.

El pueblo soberano, impedido de go­bernar por su número directamente, ejer­ce la soberanía por representación. Este dispositivo se convierte en la pieza fun­damental del diseño liberal de la demo­cracia.

Así el mecanismo de la representación política no es un mecanismo que lle­ve las exigencias del pueblo hasta las instancias supremas de decisión.

Todos los principios del humanismo jurídico y político, edificados desde el si­glo XVI y que consagra la Revolución Francesa, se desplomaron en los co­mienzos del siglo XIX ante una realidad del tipo económico y social, generada por el industrialismo.

El capitalismo naciente compraba al hombre como trabajo-mercancía en el mercado del trabajo y a tanto más bajo precio cuanto mayores fueran las nece­sidades.

Se fue poniendo así de relieve la dis­paridad existente entre la "noble estatu­ra" del ciudadano y la situación del hom­bre concreto, esclavo de sus condicio­nantes socioeconómicos. Aparece en es­cena lo que se ha dado en llamar el "hom­bre situado", definido no por su esencia o por parentesco con un tipo ideal —el ciudadano— sino por las particularida­des que debe a la situación contingente en que está inmerso.

Aquella concepción de la armonía de los intereses y de la justa distribución que derivaría espontáneamente del or­den económico natural así creado, abier­tamente contradicha por la efectiva rea­lidad de los hechos, comienza a ser cri­ticada en sus fundamentos por los pen­sadores de la época.

Los socialistas "utópicos" ya advir­tieron el terrible contraste entre el para­íso por el reinado de la razón y la misera­ble realidad en la que estaban sumergidas las clases trabajadoras. Ellos fueron —ante todo— reformadores morales que cues­tionaron la explotación humana e impul­saron, en románticas teorías, socieda­des más justas.

Carlos Marx va a ser el genial siste­matizador de las nuevas ideas —funda­mentalmente—va a ser el encargado de la exposición, ya "científica", del nuevo socialismo con método propio para avan­zar en el camino de la redención humana.

Aquel reconocimiento de la existen­cia del hombre situado, de la cualidad concreta del ciudadano, integró el con­cepto de democracia política con el de democracia social. Pero una democracia no define su carácter social con sólo consagrar los derechos sociales en la constitución, sino que se acerca a él cuando, modificando la estructura de los órganos del Estado, institucionaliza y ar­ticula sus órganos representativos, con la participación efectiva en las decisio­nes de los nuevos actores sociales y po­líticos.

 

Socialismo y democracia

El socialismo aspira a superar la con­cepción de democracia que nos legara la Revolución Francesa, y para ello plantea la necesidad de recrear la dignidad hu­mana —y la libertad— que es su condi­ción de existencia. En este sentido, el so­cialismo aparece como una prolonga­ción del impulso democrático, que sin apartarse del problema político pone su atención fundamental en la cuestión eco­nómica y social. Porque la verdadera de­mocracia sólo es realizable en una socie­dad en la que la libertad esté garantizada sobre la base firme de la igualdad social.

Los pueblos saben que no habrá de­mocracia auténtica mientras no exista la igualdad social —igualdad de condicio­nes y oportunidades—, y así, ellos bus­can manifestarse permanentemente en formas de cambio y renovación de la es­tructura social.

El socialismo empalma con el con­cepto tradicional de democracia como gobierno del pueblo. No rechaza el con­cepto formal de su valor de representa­ción política, pero lo estima insuficiente.

La democracia no es tan solo un método, sino una "manera de vivir" colectiva que parte de la igualdad y la libertad intrínse­ca de todos los hombres. Postulado Ini­cial es que la libertad y consiguiente igualdad son consustanciales con lo hu­mano. La humanización de las relacio­nes sociales —realización de la liber­tad— es el contenido de la democracia.

El corolario político social de esta concepción de lo humano como libertad es que el ser humano sólo es libre si par­ticipa de las decisiones que le concierne.

Nadie puede decidir por nosotros en nuestro nombre: la libertad no se delega. El principio democrático de identidad de gobernados y gobernantes, así como el de participación que le sigue, provienen de esta concepción del hombre como li­bertad.

El socialismo coincide con el desplie­gue y profundización de la democracia, sin que quepa establecer a partir de la contradicción del desarrollo de las fuer­zas productivas —relaciones capitalis­tas de producción— una estrategia úni­ca y objetiva de superación del sistema. El socialismo se revela no como un pro­ceso objetivo y necesario implícito en la misma dialéctica del desarrollo del capi­talismo, sino como una posibilidad que da sentido a la lucha de aquellos que con­ciben al hombre como libertad y en con­secuencia no están dispuestos a tolerar como insuperables las más variadas for­mas de opresión.

La libertad y la dignidad del hombre y del ciudadano son principios democráti­cos que el socialismo debe defender, pe­ro tal defensa no puede extenderse a los demás aspectos de la democracia bur­guesa fundadora y sostenedora del Esta­do capitalista y de la sociedad capitalis­ta contemporáneos. El socialismo no tie­ne interés alguno en el solo manteni­miento del orden jurídico económico ca­racterístico de las democracias que asen­taron su derecho civil sobre el absolutis­mo individualista de la propiedad.

Profundizar la democracia tiene co­mo objetivo ampliar el concepto de de­mocracia como un método de represen­tación para concebirlo como un proceso de acercamiento progresivo al ideal de­mocrático del poder del pueblo.

En este sentido equivale al concepto de democratización, con el cual pode­mos definir al socialismo como la demo­cratización de la sociedad y el Estado.

No hay socialismo concebible que no parta de la crítica de la sociedad capita­lista y de sus estructuras de poder. Para el liberalismo, la democracia se reduce a unas pocas reglas de juego, y en conse­cuencia sólo cabe que se hable de demo­cracia si esas reglas se respetan y de fal­ta de democracia si no se respetan, pero en ningún caso tendría sentido hablar de más o menos democracia, para los so­cialistas que no nos conformamos con su determinación formal la democracia comienza a adquirir contenido real con la participación del mayor número de hom­bres y mujeres en la totalidad de las de­cisiones sociales. En este sentido la fuer­za socialista debe tener por eje funda­mental esa libre, real y creadora partici­pación. Lo decimos porque tenemos con­fianza en la sociedad y porque sabemos que "el individuo carece de control sobre el vasto mecanismo de la política moder­na no porque el Estado es demasiado grande sino porque no se le da la oportu­nidad de aprender los rudimentos del au­togobierno en unidades más pequeñas", y es justamente en estos espacios donde deberían comenzar a elaborarse las soli­daridades más permanentes con que se teje la trama del socialismo.

Para los socialistas el alcance de la democracia no atañe sólo a instituciones estatales o al conjunto de las institucio­nes sociales, sino que la concebimos co­mo una "forma de vida", como la forma de convivencia propia de los hombres li­bres y en consecuencia, la considera­mos aplicable a todas las esferas socia­les, públicas y privadas.

Frente a un concepto de democracia reducido o limitado exclusivamente al ámbito gubernamental, el concepto de democracia que entendemos los socia­listas intenta abarcar a toda la sociedad. Socialismo es justamente democratiza­ción. Desde la democratización de la so­ciedad democratizar el aparato estatal y desde la democratización del Estado de­mocratizar la sociedad: he aquí la dialéc­tica que concibe el socialismo como pro­ceso de democratización.

El socialismo no pretende en un acto único instaurar una sociedad final, inmu­table, no susceptible de cambiar, de refor­marse o evolucionar, sino que trabaja comprometido con la autodeterminación democrática del pueblo y de cada gene­ración para fijar sus propias metas de avance social.

En Argentina: fundir la lucha demo­crática que se abre hacia el socialismo y la lucha socialista que afianza la de­mocracia.

En forma lenta se abre paso, en la conciencia de nuestro pueblo, la dimen­sión exacta de la profundidad de nuestra crisis nacional.

Nuestra crisis está determinada por el agotamiento, que los socialistas con­sideramos irreversible del modelo eco­nómico impuesto al país en las postrime­rías del siglo pasado. Este modelo cuyos valores morales, sociales y económicos no comparte el socialismo —que surgió y se organizó contra su esencia— orga­nizó el trabajo y la producción en el país determinando su crecimiento material v motivando en su devenir las realidades más próximas en el tiempo. Este proyec­to de la década del '90 se apoyó en lo ins­titucional, en la democracia política de la Constitución de 1853 elaborado sobre el supuesto de la igualdad formal de todos los ciudadanos, operando en una reali­dad profundamente desigualitaria, con­tra la cual se produjera la frustrada revo­lución del '90. La vida política argentina se desenvuelve en este tiempo en la dua­lidad de la solemne afirmación del orden jurídico constitucional, por un lado y la sistemática violación de sus principios por el fraude.

El voto universal, secreto y obligato­rio dictado por Sáenz Peña en ley termi­na con el gobierno de las minorías y da inicio a los gobiernos populares. A partir de allí los sectores de privilegio accede­rían al poder a través de los golpes de Es­tado que se inauguran en el '30 con el da­do a Hipólito Yrigoyen hasta el golpe que posibilitó el advenimiento de la última dictadura sufrida a partir de 1976.

Cada golpe de Estado en nuestro pa­ís se produjo como reacción ante el avan­ce de los sectores populares que con su organización van logrando respuestas a sus reivindicaciones de orden económi­co social. Es cuando los sectores del pri­vilegio apuntalan la instalación de regí­menes dictatoriales para imponer a su amparo modelos económicos que le per­mitan recuperar su participación en la renta nacional. Esta es la naturaleza de los golpes de Estado en nuestro país. Ca­da ruptura institucional producida desde 1930 hasta 1976, ha significado un re­troceso cada más profundo para nuestro país y para la vida de los argentinos.

Durante el último régimen se exterio­riza dramáticamente el agotamiento de este proceso al aflorar la primacía de la actividad usuaria y especulativa sobre el trabajo y la producción. Concluida la dic­tadura ni el capital ni los hombres volvie­ron, los unos por un motivo, los otros por otro se siguen yendo, y este flujo se revertirá mientras no se reformule la re­alidad.

La duración de la crisis económica ha transformado a ésta en una realidad po­lifacética, compleja, que afecta la legiti­midad y la representatividad de las insti­tuciones políticas de la república que afecta su integración, la identidad nacio­nal y también la moralidad pública.

La crisis de legitimidad y de repre­sentatividad de las instituciones se ex­presa en el divorcio creciente existente en nuestro país entre el consenso políti­co y el consenso social, que es en otras palabras la diferencia existente entre lo que el pueblo votó mayoritariamente en1983 y lo que hizo ese gobierno en ma­teria económica y social. Hoy ese divor­cio se expresa nuevamente entre lo que el pueblo votó mayoritariamente el 14 de mayo último y lo que se está haciendo y proponiendo en materia económica y so­cial.

Ciertamente, los argentinos nos ha­llamos hoy ante una coyuntura signada por la dependencia, la deuda externa, la falta de inversiones, la distribución re­gresiva del ingreso, el deterioro de los términos del intercambio y una profunda crisis fiscal del Estado. Pero éstos son sólo los síntomas de muchas más, son los síntomas de la crisis del modelo ca­pitalista y de las estructuras, las imáge­nes y el tipo de actores que le son pro­pios.

La ausencia de arraigadas tradicio­nes democráticas, los continuos ensa­yos por alcanzar una representación fun­cional de intereses y la escasa relevancia al ámbito parlamentario como lugar pa­ra dirimir las grandes cuestiones nacio­nales, entre otras cosas, conspiran con­tra el afianzamiento de una genuina de­mocracia representativa.

Por otro lado, la sombra ominosa de un irredentismo militar que no pierde oportunidad de salir a luz para reivindicar su expoliación y sus crímenes; leyes co­mo las llamadas de Punto Final y Obe­diencia Debida y el actual proyecto ten­diente a liberar conocidos genocidas con­denados por la justicia ordinaria violan palmariamente el idioma de la democra­cia.

La intensa prédica actual en favor de las privatizaciones y del retorno al libre juego del mercado ilustra otro aspecto de nuestra realidad, en la que los grupos transnacionales y sus socios, los regen­tes del privilegio argentino, presionan salvajemente sobre los gobernantes de turno con el fin de que el Estado interven­ga restringiendo los alcances de la legis­lación social, para controlar la acción de los sindicatos y, en general para impedir todo movimiento de resistencia popular.

En éste, nuestro contexto, "la crisis consiste justamente en que lo viejo mue­re y lo nuevo no puede nacer, en este te­rreno se verifican los hechos morbosos más tremendos".

En esta etapa constitucional que ini­ciamos es necesario hacer más fuerte nuestras instituciones y crear nuevos ámbitos para la coincidencia nacional y para arribar a un acuerdo de mínima en­tre los diversos sectores políticos y so­ciales para garantizar una estrategia y que nos permita salir de la profunda cri­sis que vivimos para generar la confian­za y certeza a cada argentino.

La crisis Argentina no puede ser su­perada por un solo partido. La coinciden­cia es necesaria para otorgar la credibili­dad en el mismo por parte del pueblo.

Basado en el principio mayoritario, un gobierno democrático puede contar con el consenso político que se expresa cada 4 ó 6 años en las urnas, pero funcio­nará tanto mejor cuando más amplia y unida sea la mayoría que acepte su polí­tica de distribución de oportunidades y sacrificios.

Cuando el consenso social se reduce y no coincide con el consenso político, se genera un obstáculo para el afianzamien­to y la estabilidad de la democracia.

Es necesario otorgar a las expresio­nes populares, sociales y regionales una participación en la gestión y control del Estado. La participación democrática es la forma de garantizar el correcto funcio­namiento de una maquinaria estatal cada vez más voluminosa y burocrática.

Los socialistas nos definimos por la defensa y consolidación de la democra­cia que vivimos. Algunos se avergüen­zan y retacean decir que estamos en la defensa de la democracia frente a quie­nes sostienen que la nuestra es una de­mocracia dependiente, formal y no real, política y no social.

Nosotros sostenemos que nuestra democracia es la democracia que existe, aquí y ahora, y que luchamos para que esta democracia tenga cada vez más contenido social, pero partiendo de la que tenemos, no negándola. Esta demo­cracia es el comienzo de la otra, es un pa­so ineludible para su construcción y por ello han luchado los trabajadores, la ju­ventud y el pueblo todo. Porque la demo­cracia que tenemos es una conquista del pueblo, no es un regalo del imperialismo.

Sostener que esta democracia es for­mal y que por ser tal no tiene valor o sig­nificado, resulta una posición indefendi­ble a esta altura de la experiencia histórica­ argentina. Porque cuando la demo­cracia formal deja de existir, la depen­dencia no es sólo dominación económi­ca y sujeción social de la mayoría, sino que a ello se agrega el autoritarismo y la dictadura con el consiguiente sello de violación de los derechos más elementa­les del hombre.

La alternativa que luchamos por cre­ar todos los días no es la alternativa del gobierno socialista ideal, sino que es la alternativa de cambio posible, acorde a la realidad argentina de 1989. Porque para nosotros, el socialismo no es un "esta­do" que debe implantarse, un esquema "ideal" preexistente al que debe sujetar­se la realidad sino un movimiento real que supera el estado actual de cosas.

La problemática de la democracia y el socialismo involucra dos cuestiones que es necesario definir: el de las formas o modos de transición, esto es la vía de­mocrática al socialismo y el ineludible contenido democrático de la sociedad socialista.

El socialismo repudia la violencia con­siderada como forma absolutamente ne­gativa e ineficaz para superar la crisis y avanzar hacia adelante, el cambio sólo puede darse en nuestro país por consen­so. Resulta irreal en Argentina 1989 pen­sar en algún cambio positivo que no cuente con la adhesión y el consenso de­mocráticamente expresado de las mayo­rías nacionales.

El socialismo como proyecto de in­dependencia nacional, de liberación de todos los oprimidos y de querer aspirar a una sociedad mejor, no tiene un mode­lo político único y excluyente, pero reco­noce que la democracia es un valor y un principio histórico irrenunciable.

El socialismo es democracia social en cuanto impulsa en el plano de las re­laciones sociales, la instancia igualitaria pero también es la democracia política más desarrollada y más directa en cuan­to estimula la progresiva autodirección organizada y social.

El socialismo contiene, desarrollo y profundiza y hace evolucionar la demo­cracia más allá de sus límites jurídicos-formales. La clave para avanzar no es no considerar a la democracia política como un estorbo para el eficiente funciona­miento del Estado y para las progresivas transformaciones sociales.

El socialismo ha de ser el perfeccio­namiento de la democracia y, por ello, demostrará que es un proyecto positivo de integración, refuerzo y expansión de la realización de la persona. Porque el so­cialismo basado en el consenso y en el pluralismo político no será nunca un so­cialismo impuesto, que se tambaleará sobre sus cimientos, sino que será un socialismo construido por la voluntad de las mayorías que articularán la austeri­dad con la solidaridad.

El socialismo sólo podrá afirmarse si muestra que es capaz de obtener el con­senso de los trabajadores y de la juven­tud como de los demás sectores de la vi­da nacional y no de una parte restringida de la sociedad, constituida, como se afir­ma, por la "vanguardia consiente y orga­nizada" que por el interés del pueblo re­emplaza al pueblo.

La realidad política del socialismo surge así como potencialización de la so­beranía popular y se vincula a la batalla democrática actual. Si todos los hom­bres participan realmente en la gestión del Estado, la dependencia y la explota­ción ya no podrán existir.

No sólo debemos librar la batalla en defensa de las instituciones democráti­cas sino que conjuntamente debemos dar una batalla ofensiva que ampliando la democracia representativa en formas participativas y proyectando reformas so­ciales, iniciar el proceso general de trans­formación del Estado y la Sociedad.

 

TALLER Nº 2:

"Vigencia del pensamiento y acción de los socialistas acerca de la juventud".

INTRODUCCIÓN

Desde sus orígenes, el Partido Socia­lista, tuvo una estrecha relación con la ju­ventud. Las viejas ideas del socialismo europeo, introducidas en nuestro país por la inmigración, eran adaptadas a la realidad y a nuestro tiempo por Juan B. Justo. De esta forma aparecería en la es­cena política nacional, un partido nuevo, con proyectos serios y responsables, con ética y sobre todo con la definida de­cisión de desarrollarse en la clase traba­jadora.

Es así entonces como muchos jóve­nes, influenciados por las viejas ideas, y convencidos de lo nuevo, empiezan a conformar el fuerte Partido Socialista, que brindara tanta legislación y tantos estudios realizados en favor del pueblo y más específicamente de los trabajado­res.

El joven Alfredo Palacios se convier­te en el primer diputado socialista de América Latina a los 23 años de edad, con el voto de los jóvenes obreros del ba­rrio de la Boca. El movimiento de la Re­forma Universitaria encontró en él un propulsor consecuente en su amplia ac­ción universitaria, decía Palacios: "Si los jóvenes logran que la Universidad se convierta en un órgano viviente, en una conciencia humana, donde el saber se trueque en verdad y justicia, habrán for­jado el cimiento de una nueva era ameri­cana que ilumine con nuevos resplando­res y vívidas esperanzas la cultura del mundo"

Ingenieros murió muy joven, pero sus 48 años de vida fueron ejemplares de actividad. Joven fue Carolina Muzzilli, convencida de su verdad, no respetó fronteras para expresar sus ideas de sentimiento de justicia. De origen muy hu­milde, educada por su propia iniciativa, entre las exigencias y estrecheces de la vida obrera, supo desde muy joven des­tacarse en el movimiento socialista. Fue de una actividad poco común. Repartía el tiempo entre el estudio, la inspección de fábricas, velando siempre por el cumpli­miento de las leyes obreras. Su vida se consumió a los 28 años.

El socialismo viene predicando des­de su fundación la necesidad de crear una nueva sociedad, y la veracidad de es­tos planteos se ven hoy en la más cruda realidad. Cuando la juventud no tiene lu­gar en un modelo social, es porque ese modelo no tiene perspectivas, no tiene futuro, es un modelo agotado. Y ese mo­delo agotado sólo puede ser reemplaza­do por una sociedad basada en la solida­ridad que llegará bajo formas socialistas. Es por este motivo que la militancia po­lítica pasa a ser una militancia mucho más amplia, porque como jóvenes debe­mos afrontar este sistema consumista que degrada y corrompe, que día a día margina a mayor cantidad de jóvenes a la delincuencia, a la drogadicción, a la frustración.

Hoy, más que nunca, siguen vigentes las palabras de Juan B. Justo, cuando en su libro "Teoría y práctica de la historia" nos recordaba: "Para llegar a la verdad histórica preciso es querer descubrirla en toda su desnudez, militar del lado donde no hay privilegios que disimular ni defender. Para comprender la historia hay que hacerla, defendiendo al pueblo con inteligencia y con amor. La verdad así descubierta nace con enorme fuerza expansiva."

Son muchos los hombres que nos dejaron su ejemplo de vida y conducta, para continuar una obra que el socialis­mo impulsó con decisión: formar una nueva juventud comprometida con su pueblo y su patria, para desarrollar una nueva nación.

Los nombres de Mario Bravo, Alfre­do Palacios, Enrique del Valle Iberlucea, y el gran maestro de la juventud José In­genieros, entre otros, deberán encender en nosotros por siempre la necesidad de comprometer nuestra acción en favor de lo que estos hombres legaron para las nuevas generaciones.

 

Análisis de la situación juvenil

En primer lugar debe dejarse aclara­das las limitaciones que el término "ju­ventud" conlleva. La juventud como con­cepto es una categoría heterogénea y di­fícilmente definible; sólo podríamos con­siderarla un segmento cronológico que abarca, en cada individuo, desde la sali­da de la infancia hacia la madurez plena. Así la juventud como conjunto sería la suma de los individuos que presentan esa característica común.

Por ello se evidencia que este con­junto si bien comparte algunas caracte­rísticas estrechamente relacionadas con su edad, difiere sustancialmente a poco que se analice sus condiciones y pers­pectivas desde el punto de vista econó­mico y social. Resulta entonces claro que las personas que el término "juven­tud" abarca, poseen una relación mucho más directa con el grupo social al que pertenecen.

De todas maneras, existen algunas características y problemas en común que hacen posible una generalización, si bien no deben pasarse por alto las con­sideraciones anteriores.

La juventud es objeto de particular atención dentro del sistema capitalista; las características biológicas y cronoló­gicas hacen de este "segmento" un en­granaje fundamental para la preserva­ción del sistema, tanto que constituye el ineludible núcleo futuro.

El joven se ha constituido en el suje­to de consumo por excelencia dentro del capitalismo moderno. Esto es claramen­te perceptible, por cuanto una gran can­tidad de los productos de consumo ma­sivos le están dirigidos particularmente. Los medios de comunicación son el ins­trumento mediante el cual se introduce al joven dentro del esquema consumista; estos medios y sus mensajes definen al "joven" según las necesidades del siste­ma, dotándolo de ciertas características comunes que realmente no posee, este­reotipando los atributos juveniles y ha­ciendo parecer como homogéneo lo que en realidad es heterogéneo.

En verdad, la meta perseguida no es únicamente el beneficio económico que el consumo juvenil produce sino, y fun­damentalmente, la introducción del jo­ven dentro del esquema consumista. Es­ta inserción no es más que otra etapa en el proceso de ajuste a que se ve someti­da la persona desde su mismo nacimien­to, a fin de adaptarse plenamente al sis­tema capitalista vigente.

Nosotros llevamos la marca de este tiempo, pero sin insertarnos en él no ten­dremos posibilidad de modificar nuestra realidad. Esa es la razón de nuestra par­ticipación, no para afianzar lo viejo, sino para hacer un nuevo país.

Debemos crear y realizar una nueva realidad que sintetice los aciertos y evite los errores de los viejos esquemas. Hay que reemplazar a la actual sociedad, ba­sada en la competencia, para dar lugar a una organización más justa.

Creemos, que la participación debe­rá dársele como objetivo fundamental la transformación de la sociedad; los es­fuerzos de la juventud encontrarán en la profundizaron de esta participación un instrumento adecuado para lograr el cam­bio necesario en las organizaciones que la sociedad genera, para la solución de sus distintos problemas laborales, so­ciales, económicos, barriales, etc.

Los socialistas, no debemos caer en la trampa que el mismo sistema nos tien­de; la participación por la participación misma carece de sentido si no es para dotar a las organizaciones populares de los contenidos que expresen los genuinos intereses del pueblo.

Como jóvenes, comprometidos con el sistema democrático, debemos impul­sar la participación en todas las institu­ciones que la democracia nos brinda, pa­ra afianzarla y profundizarla.

La misma dinámica social genera nue­vas necesidades y plantea nuevos pro­blemas, para cuya solución surgirán nue­vas formas de participación en las cuales los jóvenes socialistas debemos estar presentes para desarrollar nuestro ac­cionar militante.

Las frustraciones de los jóvenes mar­ginados y automarginados (generados por el mismo sistema), deberán encon­trar en la propuesta del socialismo nue­vos canales de participación para modi­ficar su propia realidad.

 

Conclusiones finales

Es una necesidad insoslayable priorizar la unidad de criterios de todos los jó­venes socialistas en los distintos ámbi­tos en que se desarrolla nuestra militan­cia cotidiana; esto nos permitirá golpear en la conciencia de la gente expresando la necesidad de formar una sociedad crí­tica y autocrítica, que permita concretar cambios reales en las relaciones sociales y económicas.

Es voluntad de todos los jóvenes de la Unidad Socialista, fortalecer la militan­cia tendiente a la concreción futura de un Partido Socialista único como herramien­ta válida.

Es por este motivo que debemos al­zar las miradas, intentar comprender y conocer no sólo la realidad argentina, si­no los procesos sociales, económicos y políticos que se van desarrollando en La­tinoamérica, en el Tercer Mundo. Debe­mos saber insertar la fuerza de nuestro país en ese gran proceso de la humani­dad, insertar la fuerza del socialismo jun­to a todos los pueblos que luchan por su liberación. Debemos saber armonizar y sumar todas las voluntades de cambio en contra de todas las fuerzas negativas retardatarias. En el ámbito que estemos debemos generar la perspectiva funda­cional de un nuevo futuro.

Sólo así estaremos a la altura de nuestra responsabilidad como jóvenes, de darle a nuestra patria la posibilidad de futuro y continuar con los anhelos de aquellos hombres que, dentro y fuera del socialismo, supieron orientar sus idea­les hacia el faro de la libertad, la justicia social y la solidaridad.

 

TALLER N9 3

LA ALTERNATIVA SOCIALISTA

Las difíciles circunstancias que vive nuestro país, exigen de todos nosotros la madurez y responsabilidad para afianzar el sistema democrático.

Un gobierno radical ha finalizado y un gobierno justicialista comienza, y más de cinco años de vigencia del sistema de­mocrático han demostrado que ni uno en la Nación, ni el otro en las provincias, fueron capaces de dar respuestas míni­mas a las exigencias que la grave crisis del país planteaba.

La continuidad democrática posibili­tó la llegada del justicialismo al gobierno fundada en la esperanza de cambio de varios sectores de nuestra sociedad. Pe­ro es hoy evidente que en el país está en marcha un proyecto neoconservador, proyecto antipopular, conservador en lo económico, en lo financiero, en lo social y en lo político, partidario de una econo­mía orientada fundamentalmente hacia el exterior, con el fin de incrementar las exportaciones a cualquier precio, para lograr más recursos de pagos para la deuda externa, contrayendo a la vez el consumo interno y manteniendo los sa­larios en los niveles más bajos de la his­toria.

Este proyecto es la manifestación más clara de la crisis de legitimidad, que es una faceta de la crisis global, del divor­cio ente el consenso político y el consenso social. Representan políticamente a la mayoría de la población; pero la pobla­ción cada vez cree menos en ellos.

Asimismo asistimos también a una ofensiva ideológica de los grupos de pri­vilegio para privatizar el estado, atacan­do, supuestamente, la ineficacia y la bu­rocracia que estos mismos grupos han implantado durante su administración estatal, que tan buenos servicios les pres­tara.

Como correlato de esta política económica, la ofensiva ideológica se mani­fiesta también en el plano social, en la ne­cesidad de la "pacificación" a través del indulto como continuidad de las leyes de punto final y obediencia debida.

En la Argentina de hoy, con los traba­jadores sin trabajo, los que teniéndolo no tienen posibilidades de alcanzar con sus ingresos una vida digna para ellos y su familia, los jubilados en la miseria, la ju­ventud privada del futuro, y el pueblo ar­gentino sumido en una cada vez mayor incertidumbre y desesperanza, se hace necesario dar una respuesta.

Por eso el socialismo debe y tiene que ser alternativa, porque es el momen­to de jerarquizar el interés del pueblo por sobre nuestros existentes sectarismos. En este contexto, los jóvenes hemos he­redado un pasado rico en experiencias, pero también rico en desencuentros; sin embargo, libres nuestros pensamientos de las cargas negativas de esa herencia, vamos transitando el camino de la Uni­dad hacia la constitución de un único, vi­goroso y gran PARTIDO SOCIALISTA.

Debemos plantearnos y asumir des­de ya la tarea de construir un "Polo So­cialista" capaz de ser el necesario impul­sor de las reivindicaciones populares, ta­rea indispensable en la "Unidad Para Avanzar" tendiente a conformarse en un bloque alternativo capaz de disputar la hegemonía a los grupos de privilegio.

Las juventudes presentes en este Se­minario nos comprometemos a seguir afianzando la UNIDAD SOCIALISTA a fin de concretar el único partido que sea la herramienta válida para las transforma­ciones reales de esta negativa realidad, para la profundización de la Democracia hacia la construcción del socialismo.

 

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