Fundación ESTEVEZ BOERO

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Balance de los 70 años de la Reforma

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I. Contenido y vigencia de la Reforma Universitaria Las universidades nacionales comienzan su existencia en el país a partir de la segunda mitad del siglo pasado. La universidad de Córdoba (1623) se nacionaliza en 1856 y la de Buenos Aires (1821) en 1881. Desde entonces ellas tuvieron momentos de grandeza y de decadencia, y fueron y son el espejo de la realidad del país.

La Reforma Universitaria de 1918 refleja el advenimiento de un nuevo país, donde la causa popular había triunfado después de muchos años sobre el régimen oligárquico de las minorías.

 

 

Habían pasado 28 años de la Revolución de 1890, de aquella irrupción popular de las mayorías que fue derrotada por la fuerza de las armas, pero cuyos principios, cuya presencia no quedó relegada en el proceso histórico y emergió en 1916 con el triunfo del radicalismo. Esta ebullición que se exterioriza en la Revolución del ’90 y que se institucionaliza en el proceso electoral del ’16, tiene en lo cultural su reflejo y su concreción en la Reforma Universitaria de 1918.

Esta Reforma Universitaria no solamente significa un nuevo planteo para la universidad, una nueva concepción del contenido y de la metodología a impulsar en el seno de las aulas, sino que también significa una nueva concepción del país, de la América Latina y de la necesaria integración de nuestros pueblos para salir hacia adelante. Es un movimiento en favor de la renovación de la universidad pero es en muchos aspectos un movimiento político, social, que exterioriza la exigencia de una mayor participación democrática.

Tras el impulso de la Reforma Universitaria, la universidad argentina se convierte en el faro intelectual de toda América Latina.

Generaciones de latinoamericanos se inspiran a partir de entonces en las enseñanzas que reciben personalmente en nuestras facultades.

Hay un avance científico fruto de la aplicación de nuevos métodos y técnicas en la producción del conocimiento y se avanza en el estudio de los numerosos problemas nacionales que reclaman una solución urgente.

Se crean facultades de nuevo tipo como la de Ingeniería Química, Ingeniería Industrial y Agrícola de Santa Fe, cuyo delegado organizador fue Gabriel del Mazo y que contó con el aporte de un maestro en el estudio de las ciencias en Argentina: José Babini.

Es otra universidad, es otro mensaje. Es Alejandro Korn en la Universidad Nacional de La Plata, irradiando una filosofía nacional que en sus “Nuevas bases” postula que no hemos de limitarnos a reproducir una copia simiesca de la civilización europea, que es lícito reclamar los fueros de la personalidad propia y dejar de ser receptores pasivos de influencias extrañas.

Ese mismo espíritu animó en 1905 a Joaquín V. González – ilustre constructor de su época – a fundar la Universidad de La Plata sobre la base de diversos institutos científicos adelantándose en más de una década a la irrupción de la Reforma Universitaria.

Es Alfredo Palacios, precursor de un Nuevo Derecho, que es el derecho de los que trabajan y no el viejo derecho de los que poseen, quien junto a José Ingenieros funda la Unión Latinoamericana en 1925 y el Instituto Iberoamericano en la Universidad de La Plata; es quien difunde los principios reformistas en diversos países de América Latina.

Es un nuevo país, un nuevo pensamiento que se abre a lo largo y a lo ancho. Sacar la universidad hacia afuera de los viejos y anchos muros que tan cerrados habían estado durante siglos, llevar los beneficios de la investigación y las preocupaciones de la universidad al seno del pueblo. Es la extensión universitaria, es la solidaridad obrero-estudiantil, es el postulado del ingreso a la cátedra por concurso, es la participación de los estudiantes en el gobierno de la universidad.

Es otro mensaje que se exterioriza en Córdoba a través de mentes lúcidas como las de Deodoro Roca, Saúl Taborda, Enrique Barros, Arturo y Jorge Orgaz, Gregorio Bermann entre otros grandes reformistas y militantes de la causa de la cultura nacional.

La juventud de 1918 fue portavoz de una nueva realidad social no expresada en la universidad de entonces, encerrada dentro de estrechos límites académicos y sociales. Ella tuvo la sensibilidad de expresar una nueva realidad que se comenzaba a manifestar a través de la organización de los trabajadores, de los chacareros y de los sectores medios que exigían una participación en la organización política y económica de la Nación.

Hoy, setenta años después, como en aquel entonces, el viejo país ya no da respuestas. Hoy tenemos nuevos problemas, hoy necesitamos nuevas soluciones, nuevas ideas.

Hoy se vive una profunda crisis derivada del agotamiento del modelo dependiente y se vive una etapa de transición entre un régimen autoritario y un sistema democrático. La transición hacia la democracia se está dando en Argentina en medio de la crisis económica y social más profunda y compleja desde su organización nacional. Ésta no representa solamente un momento de deterioro de la economía o del cierre de un ciclo económico: esta crisis es, sobre todo, un estado en el que aflora las profundas falencias derivadas del agotamiento del modelo económico puesto en marcha a fines del siglo pasado. Crisis económica que se proyecta como crisis social e institucional y que con el tiempo se ha transformado en una profunda y también compleja crisis moral.

Nuestra universidad es parte de esta realidad de crisis y quizás no podamos repetir mecánicamente el mensaje y los postulados del ’18 pero, a la luz de la historia, vemos que setenta años después los postulados de la Reforma siguen vigentes; algunos se han concretado, otros no.

Hay una Reforma necesaria e impostergable para cada etapa de la universidad. Nos dice José Luis Romero: “Nadie quiere una universidad reformada...el más genuino significado de la Reforma radica en la dimensión de su perpetuidad”.

II. ¿Qué universidad?

En medio de esta realidad de crisis resulta difícil para quienes tienen la responsabilidad de conducir la universidad dotarla de objetivos claros y precisos, cuando el país no los tiene. ¿Qué joven estamos formando?, ¿qué profesional?, ¿para qué país?. Esto no tiene respuesta. Carecemos de proyectos que tengan consenso dentro de la mayoría de los argentinos. Estamos en una tarea reiterativa, sin objetivos, parcializada, como se está en todos los sectores de la vida nacional.

Esta realidad configurada por la situación económica y social que ha posibilitado periódicas quiebras del orden institucional, a partir de 1930, acelerando el retroceso de la vida argentina en todos sus aspectos. Ello ha significado una profunda rotura de la práctica y de la cultura democrática de los argentinos. Desde 1930 en adelante, nuestras breves experiencias constitucionales, al ser interrumpidas por regímenes dictatoriales, se transformaron en estratos culturales incomunicados, produciéndose un disloque dramático entre la experiencia de los argentinos y la ciencia y la práctica contemporánea en todos los campos.

La universidad es mucho más compleja que el estudio especial de una disciplina básica, ella contiene en su seno laboratorios de Física, de Química, de Ciencias Biológicas, de Ciencias Sociales. Pero es algo muy superior a la suma de todos estos laboratorios.

La universidad constituye un centro de formación del hombre.

Siendo su misión la formación integral del joven deberían garantizarse, como objetivos básicos, la integración y el equilibrio de la persona del educando a través de la fusión de la teoría y la práctica, la inserción del joven en su tiempo y en su tierra y el desarrollo armónico de su cuerpo y de su mente.

La etapa universitaria es, quizás, la más difícil por ser la etapa donde se terminan el proceso educativo formal del joven que ha de insertarse en el futuro en una sociedad concreta. Una universidad que no capacite para una inserción cierta, positiva, concreta de la juventud en el futuro, es una universidad intrascendente.

El objetivo debe ser procurar una síntesis de una metodología formativa y no una suma informativa. La universidad es el laboratorio que emplea toda la experiencia de la Nación, la que articula toda la experiencia de la humanidad, para formar nuevas generaciones capaces de resolver, no sólo los problemas presentes, sino los también los futuros.

Entonces, una universidad que no esté nutrida por la tradición nacional, por la historia social del hombre sobre la tierra, no tiene el contenido fértil para que se hundan en ella las raíces del futuro.

Debemos dotar al joven de una metodología que le permita deslizarse en el espacio y en el tiempo, que le permita ver con perspectiva histórica la vida de nuestra Nación, de América Latina y del Tercer Mundo, no sólo para el próximo mes sino para las próximas décadas.

Profundicemos – como quería José Martí – el conocimiento exhaustivo del pasado para poder intervenir eficazmente en el presente. Al evocar el pasado no se busca retornar a un tiempo idílico sino tomar conciencia de los elementos sepultados pero que permanecen como determinantes del presente, mirando ante todo a la actualidad entendida como el resultado de un proceso.

Insertemos a nuestros jóvenes en su tiempo y en su tierra, en el aquí y ahora, y estaremos haciendo de ellos seres humanos útiles al servicio de su pueblo y de su nación.

En la medida que se acrecienta la dependencia cultural, propia de una sociedad consumista, se profundiza el desarraigo de los jóvenes que buscan su realización fuera del país, como hoy nos sucede a los argentinos, que tenemos más de un millón de connacionales viviendo fuera de su tierra, no por falta de comida ni por razones políticas, sino porque no tenemos posibilidad de dar respuesta a las pautas generadas en un proceso formativo divorciado de nuestra realidad.

Los argentinos vivimos el agotamiento de un modelo, lo que nos coloca ante la tarea de reformular un nuevo país a la medida de los argentinos, tenemos riquezas naturales suficientes para asegurar a cada argentino una vida digna si no caemos en la tentación de ligar nuestro desarrollo al modelo de las grandes potencias, porque somos una realidad nueva que tiene que tener respuestas nuevas, “o creamos o erramos”.

Estudiemos atentamente lo que pasa en el mundo pero sin olvidar que el conocimiento y la comprensión del espacio inmediato desempeñan el papel de un punto de partida y de un punto de llegada. Como dijera Gabriel del Mazo: “Los estudios universitarios deben ser, ante todo, estudios nacionales. Debemos aprender en la universidad la ciencia de descubrirnos y conocernos como nación”.

Debemos superar también el divorcio entre trabajo manual y trabajo intelectual existente en nuestra enseñanza; el joven que no sabe manejar sus manos tiene un pensamiento disminuido, parcializado por una práctica no integradora.

Tenemos que retomar el pensamiento de Simón Rodríguez – aquel revolucionario preceptor de Bolívar – que creía necesaria la enseñanza de la albañilería, de la carpintería, de la herrería, de la jardinería; y el pensamiento de Gandhi, quien quería que el trabajo manual fuera introducido en la escuela desde las clases infantiles.

Solamente a través de una abstracción mental, de una deformación de la realidad, hemos estado mucho tiempo separando la teoría de la práctica.

La perspectiva de una enseñanza integrada que tenga como objetivo desenvolver la personalidad del hombre para que pueda participar activamente en la resolución de los problemas del hoy, y la construcción del mundo del mañana, encuentra sus fundamentos en una concepción humanista y democrática que concibe a la educación como un derecho de todos los hombres.

Históricamente la educación fue entendida como un privilegio de una casta, de un orden eclesial, de un sector social, es decir de los privilegiados, que dejaron entrañablemente marcado hasta hoy un concepto de educación como derecho de una minoría.

La extensión de los niveles de la educación fue un imperativo visualizado en nuestro país por la generación del ’80 para realizar las profundas transformaciones que se habían impuesto. La Ley 1420 plasmó la enseñanza primaria gratuita y obligatoria. Hoy no hemos avanzado más allá en la ampliación de este derecho porque se sigue interpretando a la educación como el resultado de una necesidad económica y no como una exigencia para la realización plena del hombre.

Los superados planteos Malthusianos con respecto a la vida siguen hoy vigentes en el campo de la educación: “Si no hay comida reduzcamos la gente, si no hay lugar en la universidad reduzcamos los estudiantes”.

Para quienes consideramos a la educación y a la salud como un derecho y no un privilegio, la concebimos irrestricta y gratuita, cuyo objetivo no ha de ser jamás la mezquina finalidad de preparar recursos humanos para sistema económico alguno, sino la de formar hombres cuya realización moral y material sirva a todo sistema económico y social que el desarrollo de la humanidad vaya generando.

III. Articulación de la teoría y la práctica

No podemos dejar de mencionar el aporte realizado por el movimiento reformista de 1918 para superar la enseñanza verbalista, alejada de todo método científico y de elementales normas de pedagogía que se impartía en nuestra universidad.

“Los estudiantes de entonces – nos decía Julio V. González – iniciamos la gran empresa dirigida a renovar el organismo universitario, anquilosado dentro de un régimen de enseñanza a base de la lección oral y nemotécnica, la asistencia obligatoria de los alumnos, repetición de textos anacrónicos, la vacuidad de la cátedra cerrada a las ideas y métodos modernos, el aislamiento del medio económico social que los fenómenos de posguerra habían sometido a violentas mutilaciones”.

“Sin que pudiéramos - por lo que tenía de intuitivo el movimiento, por la novedad del problema que planteábamos y por la falta de estudio de una cuestión tan compleja - penetrar en las causas y en las soluciones concretas, alcanzamos a comprender sin embargo que la universidad no cumplía la misión que justificaba su existencia”.

Allí están, entre los postulados de la Reforma, los medios concebidos para hacer cumplir a la universidad sus fines: enseñanza experimental en vez de teórica, docencia libre para mantener a la cátedra en continua renovación y emulación, seminarios para la iniciación de los métodos científicos, institutos para la investigación de los problemas planteados en la sociedad, conferencias, revistas y trabajos monográficos para transmitir la cultura, extensión universitaria para mantener a los institutos en permanente contacto con el medio social en que actúan.

Allí está la Universidad Nacional de La Plata, planeada sobre esta nueva concepción científica de los institutos, con sus laboratorios y sus seminarios. No obstante el empeño puesto por docentes y estudiantes reformistas a lo largo de estos setenta años el propósito de superar el divorcio entre la teoría y la práctica todavía está lejos de ser alcanzado.

Las exigencias de una enseñanza no disociada con la vida, de acercar los contenidos a la realidad, de abrir la universidad al medio exterior, de modificar la relación de los estudiantes con el saber, son todos temas hoy ampliamente estudiados por especialistas en materia de educación a escala mundial.

Las quimeras se van transformando en realidad y la experiencia va otorgando basamento científico a los ideales generosos y superadores de la juventud.

“Ninguna disciplina y ningún saber se enseñarán ya sin sus conocimientos prácticos consiguientes, sin una capacidad de acción; ningún conocimiento técnico se enseñará sin su saber teórico, que es el único que permite ver las cosas con la debida perspectiva”.

La necesaria relación entre teoría y práctica nos plantea el problema de su articulación. “Se trata de formar, en el plano educativo, un hombre reconciliado y global que deje de estar fragmentado en diferentes etapas, a través de una formación que no oponga la mano al espíritu, propugnando una continuidad sin conflictos entre la escuela y la vida”. (“Aprender y trabajar”, Balance de “Perspectivas”, UNESCO, 1980)

En este sentido no es suficiente la oposición entre teoría y práctica, así, es falso afirmar que la escuela no es más que teoría o que el trabajo no es más que práctica. Cuando se habla de la combinación de la teoría y de la práctica no se persigue alternar en los planes de estudios momentos de teoría con momentos de enseñanza práctica, con ninguna o escasa vinculación entre sí, sino que de dicha combinación debe resultar una síntesis que consista en saber percibir las diferencias y las complementariedades entre estas dos esferas, en saber articularlas, en pasar de una a otra, y en saber explicar la una mediante la otra.

Es fácil advertir que las experiencias de los cursillos prácticos y de seminarios introducidos en nuestros planes de estudios no han sido utilizados como un factor educativo. La falta de objetivos bien definidos y la falta de una articulación entre la teoría y la práctica, pueden reducir a la nada los resultados que se pretendían conseguir. Los cursos prácticos en que se hace todo o cualquier cosa, pueden ser vividos por los estudiantes como un cambio de planeta, a no ser que inciten a creer en la insignificancia del saber o a rechazar la práctica por resultar arcaicas, recíprocamente, los profesores que subestiman esos cursos prácticos los presentan como algo ridículo e inútil.

Para establecer la necesaria síntesis entre la experiencia y el saber, el estudiante deberá contar con la ayuda del profesor para que ambos analicen la experiencia vivida, que le enseñe a relacionar todo lo que ve, entiende o lee, con lo que sabe.

Hoy en día, estos planteos han avanzado llegando a la combinación de períodos de trabajo en el aparato productivo con períodos de estudios en la universidad, lo que se ha generalizado en la mayoría de las universidades del mundo.

Esta concepción no es nueva, según un estudio de la UNESCO, fue introducida en forma sistemática en Cincinnati, desde donde se desarrolló, con diversos grados de éxito, en los Estados Unidos y en Canadá ( donde trescientos centros de enseñanza superior y universidades lo utilizan en la forma llamada “cooperativa”), en Europa Occidental y Oriental, en Cuba y sobre todo en China.

En Francia esta enseñanza basada en el principio de la alternancia se comenzó a practicar a partir de 1974 en las Universidades de Metz y de Lille, a la que se sumó la Universidad de París VII, la Universidad Paul Valéry y Grenoble I.

Edgar Faure, ex Ministro de Educación de Francia manifestó en noviembre de 1976: “Hoy en día, se estudia en Francia el desarrollo de la enseñanza manual y práctica en todos los años de estudios, especialmente en la enseñanza secundaria. El hombre no es solamente un cerebro sino también una mano”.

En este setenta aniversario de la Reforma Universitaria, como homenaje a los jóvenes que en 1918 plantearon la necesidad de una enseñanza más ligada a la vida, más conectada a la realidad, tiene hoy más vigencia que nunca la preocupación por la recomposición, por la integración del objeto del conocimiento y la formación integrada del sujeto del conocimiento: el joven.

Para lograr este objetivo nuestras facultades deberán dar cabida en sus planes de estudio a los contenidos prácticos de la enseñanza, articulándolos con los conocimientos teóricos.

IV. Graduados para reformular el país

Hace tiempo que los argentinos no podemos asegurar, a quienes estudian en la universidad, poder trabajar en nuestro país como ingenieros, como arquitectos, como abogados. Aunque se quiera seguir impartiendo el mismo tipo de formación profesional, en esta realidad el graduado de ayer ya no tiene ubicación.

Cada día es más difícil entrar a practicar la medicina empresarial, cada vez quedan menos pueblitos sin explorar, otros están totalmente despoblados; cada vez hay menos empresas para asesorar; cada vez hay menos bancos prósperos para hacer edificios y menos fábricas para hacer funcionar.

Hay que convencer, a todos los integrantes de la universidad, que seguir produciendo viejos profesionales es producir frustraciones, es producir especialistas para el exterior, porque este modelo está agotado, ya no da cabida a este tipo de graduados.

Hoy se abre un cuestionamiento a la universidad por parte de los graduados, donde hay gente capaz y honesta, que tiene problemas para conseguir trabajo; debemos hablar con ellos para explicarle que la solución a sus problemas no está en suprimir el ingreso irrestricto, mostrarle la falacia de quienes dicen:

“Somos veinte mil y nos morimos de hambre, cuando seamos cuarenta mil multiplicaremos el hambre por dos”.

Los graduados tienen que sumarse a la construcción de un futuro diferente, con otra formación profesional y otra práctica porque la vieja ya está perimida.

Para producir una modificación sustancial en los contenidos de la enseñanza, debemos sumar también el aporte del pueblo, debemos preguntarle a la gente: ¿Qué recibió usted de esta universidad? ¿Qué piensa usted del Hospital de la Facultad? ¿Qué respuesta da a sus necesidades?

Si vamos a la Facultad de Arquitectura: ¿Se ha premiado alguna vez al arquitecto que haya hecho más casas o haya resuelto, a la mayor cantidad de personas, el problema de su vivienda? ¿Tenemos nosotros un premio por haber proyectado un barrio de viviendas con la menor inversión y la mejor infraestructura, planificando el trabajo voluntario, la utilización de los materiales de la zona, no teniendo que invertir en flete, abaratando los costos? ¿Fue una respuesta acorde a nuestras necesidades para el problema de la vivienda, o nuestra respuesta fue adecuarnos a los cánones de construcción de otras tierras y climas?.

Si vamos a la Facultad de Ciencias Económicas: ¿Aprendemos allí a buscar, a investigar la organización de una nueva economía? ¿O estamos preparando administradores para la vieja economía que ya no tiene respuestas para nosotros?.

En Ciencias Médicas no es lo mismo la lucha por la salud de un pueblo, que la planificación de la salud al servicio del lucro. ¿Entonces, la medicina es una empresa y el medicamento es una mercancía?. Para nosotros la salud comienza con la modificación de las condiciones de vida de los argentinos que están en los confines del país, que están en las villas miseria de las grandes ciudades.

El concepto sobre el presupuesto de la universidad también será diferente, según para qué se quiere la universidad. No creemos que se deba gastar prioritariamente en equipamientos de investigación para formar minorías que luego, al servicio de los monopolios, exploten en el ejercicio de su profesión a los sectores más necesitados.

Queremos una universidad que gaste la mayor parte de su presupuesto en la formación de una juventud más comprometida con su tierra y con su tiempo.

En las carreras científicas y técnicas necesitamos concretar una tecnología apropiada a las necesidades de nuestro país, porque la tecnología no es algo inmaterial, como nos la quieren presentar. La tecnología no es un elemento etéreo, sino que surge de una determinada realidad económica, entonces no es lo mismo la tecnología que queremos nosotros para un país independiente, que la tecnología que quiere, por ejemplo, el complejo industrial – militar de los Estados Unidos.

Nosotros queremos una tecnología para garantizar la salud, la vivienda, la educación de nuestro pueblo; ellos quieren una tecnología que les permita ganar dinero y, además, mantener el dominio del mercado mundial para seguir ganando más.

Estos objetivos son disímiles y las tecnologías que producen están al servicio de objetivos también disímiles. No podemos aceptar la existencia de una tecnología pura que no tenga ninguna relación con los objetivos de quien la promueve. Si queremos promover el modelo degradado de la sociedad consumista, para eso tenemos que importar la tecnología que genera esa sociedad, pero si queremos un modelo de sociedad participativa y solidaria en el marco de una nación independiente, con una democracia de nuevas bases, evidentemente tenemos que generar nuestra propia tecnología o intercambiar con los países del Tercer Mundo los avances tecnológicos que sirvan al cumplimiento de estos objetivos que son específicos, y se ajustan a una realidad muy concreta.

Para que la universidad no siga proyectando jóvenes para una realidad que ya no existe, es necesario captar el tiempo, captar el agotamiento del modelo, captar un futuro posible.

V. Rescatar nuestra identidad cultural Otro aspecto fundamental a rescatar en este nuevo aniversario de la Reforma es su afirmación integral de la nacionalidad.

El movimiento de la Reforma Universitaria, según lo expresara uno de sus protagonistas, Gabriel del Mazo, “Significa la primera proposición colectiva en el campo intelectual en nuestra historia, de profesar con lealtad lo argentino, lo americano; el deber de preocuparse del contenido de las fuerzas que nos mueven y que nos limitan; la capacidad de medir nuestro propio dolor; la decisión de luchar por una vida nacional auténtica. La Reforma es la vuelta a América; la vuelta a la personalidad nacional y corrigiéndonos intelectualmente en no abstraer al hombre en la doctrina; y culturalmente, en no cerrarse a la sugestión de lo humano en todas las ajenas culturas, pero abrirse al conocimiento y cultura de lo propio, con voluntad de ser como nosotros mismos”.

“La Reforma es, entonces, determinación de fidelidad al pueblo y a lo americano, a lo histórico humano implícito en su destino. Por lo tanto, ataca directamente el nudo de la conspiración cultural que nos tiene desorientados y sujetos. Quiere devolver a la Nación, que es el pueblo, la llave de la inteligencia nacional”.

Una honda raíz nacional y americana emerge del propio manifiesto firmado en Córdoba en 1918: “Que la manía de europeización que nos domina no nos impida ser originales, esto es, americanos. Que América no está circunceñida a pensar, a sentir y a querer, como piensa, siente y quiere Europa”.

Hoy vivimos un modelo de sociedad consumista que ha operado un fenómeno de mundialización creciente del espacio económico, social y cultural, de la alimentación al vestido, y del transporte a la recreación, en todos los ámbitos tienden a difundirse modos de consumo idénticos. Este movimiento es aumentado por los medios de comunicación de masas y las industrias culturales que prolongan sus dimensiones a la cultura, las ideas y los modos de penetración y de representación del mundo. Esta lógica de la uniformidad provoca desequilibrios, ya que tiende a promover todo aquello que se ajusta a ella y a destruir lo que se le opone. Así, quedan relegadas facetas enteras de la facultad creadora y mutilada la sociedad en su personalidad específica y en su configuración particular.

Sin embargo, las culturas nacionales están resurgiendo cada vez con más fuerza porque los pueblos buscan, en el reconocimiento de su singularidad, la tabla de salvación para su desarrollo integral y autónomo. Esto sucede no sólo en los países del Tercer Mundo, sino en los propios países centrales de Europa.

Los argentinos tenemos que alimentar nuestro desarrollo cultural a partir del conocimiento de la tradición nacional. Tenemos una nacionalidad rica, debemos asumir la cultura heredada de las grandes civilizaciones precolombinas existentes en nuestro país antes de la llegada de los conquistadores. Debemos asumir el esfuerzo de aquellos colonizadores, el trabajo, el sacrificio y la cultura de todas las corrientes de inmigrantes que llegaron a nuestro país desde todas las latitudes; a todos ellos debemos aunarlos porque integran la nacionalidad rica, maravillosa de nuestro pueblo.

El problema de nuestra herencia cultural, de todo lo que nos dio origen, hoy no es tratado por nadie; pero siempre fue preocupación de los grandes pensadores provenientes de las diversas corrientes de ideas. Así, sólo para citar algunos, tenemos las obras de Esteban Echeverría: “Dogma Socialista” (1838); Domingo Faustino Sarmiento: “Conflicto y armonía de las razas en América” (1883); Joaquín V. González: “La tradición nacional” (1888); Juan A. García: “La ciudad indiana” (1898); José María Ramos Mejía: “Multitudes argentinas”(1899); Carlos Octavio Bunge: “Nuestra América” (1903); Agustín Álvarez: “La transformación de las razas en América" (1908); Juan B. Justo: “Teoría y práctica de la historia” (1909); Manuel Ugarte: “El porvenir de la América española” (1910); Manuel Gálvez: “El solar de la raza” (1913); Ricardo Rojas: “Eurindia” (1922); Ezequiel Martínez Estrada: “Radiografía de la pampa” (1932); Raúl Orgaz: “Sociología argentina” (1950); José Luis Romero: “Argentina: Imágenes y perspectivas” (1956); entre otros.

¿Dónde están estos libros?. ¿Qué universidad los tiene al alcance de los estudiantes? ¿En qué programa de estudio figura su análisis?. Éste es el vaciamiento cultural que se ha producido en nuestro país.

Debemos poner fin a esta crisis de identidad nacional porque los pueblos que no saben de dónde vienen, no saben adónde van; los pueblos que no tienen dimensión de su pasado, no pueden proyectarse hacia el futuro. Ricardo Rojas, ese gran pensador de lo nacional decía en 1935: “Si no hay autonomía espiritual, no puede haber autonomía material”.

Debemos reemplazar la angustia y la frustración que hoy vive gran parte de nuestra juventud, por una existencia confiada en un futuro cierto que se vislumbre con nitidez. Solamente la existencia de objetivos trascendentes en nuestra juventud va a poder erradicar la droga, la pornografía y la violencia que son los elementos culturales que reproduce la sociedad de consumo para anular el cerebro de nuestros jóvenes y niños.

Los argentinos debemos hacer el esfuerzo de rehacer nuestra unidad espiritual en nueva síntesis para alcanzar la autonomía y superar el agotamiento de un modelo de país.

VI. Un nuevo mensaje

La Reforma Universitaria es tan genuina, tan representativa de las necesidades de América Latina que es síntesis de sus requerimientos culturales.

En forma inusitada recorre todos nuestros países. Gregorio Bermann nos decía: “Ni que hubieran concretado un plan previo y secreto, lo hubieran propagado en la forma unánime en que se desenvolvió”.

Los jóvenes reformistas del ’18 actuaban en nombre y en función de la unidad de los pueblos que están al sur del Río Grande. Lo decían en el célebre Manifiesto Liminar: “A los hombres libres de Sudamérica:... Creemos no equivocarnos, la resonancia del corazón nos lo advierte: estamos pisando una revolución, estamos viviendo una hora americana”.

La Reforma Universitaria comienza a propagarse en toda América Latina.

En 1919, llega a la Universidad de San Marcos (Perú), es Haya de la Torre quien lleva adelante el movimiento, quien toma la Reforma como fundamento de la doctrina del APRA. Quizás sea ésta la creación política más genuina surgida del movimiento juvenil latinoamericano. El actual presidente peruano, Alan García, en sus discursos al analizar la marcha del continente y de su país nunca deja de hacer referencia a esta simiente que fue la Reforma de 1918 en nuestra tierra.

En 1920 estalla en Uruguay y también en Chile. En 1922 en Medellín y en Bogotá en 1924. En 1921 en México se reúne el Primer Congreso Internacional de Estudiantes. En 1923 los estudiantes de La Habana se suman a la lucha juvenil continental.

Aquella vieja Unidad Latinoamericana planteada por Bolívar que había quedado en el camino, retomada por Monteagudo, encuentra en la reforma Universitaria una expresión cabal con la creación de la Unión Latinoamericana inspirada por José Ingenieros, Alfredo Palacios y los líderes de la Reforma.

La Reforma genera la universidad abierta de América Latina que, en nuestro país se concreta en la Universidad Nacional de La Plata. Es ella una verdadera colonia latinoamericana de estudiantes de la que egresaron ministros y presidentes de varios países de nuestro continente, creado venas de comunicación del pensamiento, de confraternidad al servicio de la democracia, la solidaridad y la unidad continental.

Con posterioridad a 1930, comienza a ser recepcionada la Reforma en España, y tomada por su Federación Universitaria. Recién, después de tres décadas, comienza a valorarse en los viejos países europeos el significado del cogobierno universitario y la participación de los estudiantes en ellos, es decir, cincuenta años después que en nuestra Córdoba.

Es necesario analizar y profundizar la valoración de este genuino movimiento juvenil y cultural. Setenta años después, los postulados de la Reforma Universitaria, siguen vigentes y se concretan en cada Estatuto de nuestras universidades. Con mayor o menor fuerza, pero en forma innegable, en el gobierno de las facultades, en el gobierno de la Universidad, en la organización de la extensión universitaria, en la proclamación de la solidaridad obrero-estudiantil y avanzando con la participación de los no docentes en el gobierno universitario.

Cuando todo esto se va concretando, no sólo en Argentina sino también en toda América Latina y en la vieja Europa, cuando ya muchos de sus principios tienen aceptación universal: el concurso docente, algún tipo de periodicidad en la cátedra, el co-gobierno, la extensión universitaria; entonces creemos que la Reforma es el anticipo de una nueva relación cultural en el mundo, donde el nuevo mundo, que es Tercer Mundo, deja de recibir las instrucciones y las valoraciones del Viejo Mundo y comienza a emitir, a formular, a concretar sus mensajes, su valoración a todo el mundo.

La Reforma Universitaria llegó al Viejo Mundo como alternativa de superación de su arcaica realidad, revirtiendo la relación en la historia contemporánea, donde las mayorías de los pueblos, que están en el Tercer Mundo, comienzan a proyectar un nuevo tipo de vida, de convivencia, de valoración de las relaciones entre los hombres. Un nuevo mensaje, de los países periféricos a los países centrales, que irradia la fuerza, el pensamiento y los valores de una nueva etapa de la humanidad.

 

 

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