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LA MODERNIZACIÓN DESDE EL PUNTO DE VISTA SOCIALISTA

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ARTICULO PUBLICADO EN LA REVISTA DE LA FUNDACIÓN PLURAL PARA LA PARTICIPACIÓN DEMOCRÁTICA, “PLURAL 5”

BUENOS AIRES, 23 DE MAYO DE 1986

- I -

En las últimas décadas los comentaristas de la realidad política y social han acuñado un término: "modernización"; después arribaron quienes quisieron descifrar el contenido de este vocablo. Se han encontrado tantas y tan diferentes acepciones para esta voz así utilizada que pensamos que, en definitiva, no tiene contenido determinado. En cambio el vocablo "modernismo", en la historia del pensamiento, ha tenido contenidos concretos. Así se ha denominado el movimiento religioso del siglo XIX y comienzos del siglo XX que pretendió poner de acuerdo la doctrina cristiana con la filosofía y la ciencia de la época. También se denominó modernismo, el movimiento literario que en Hispanoamérica y en España, entre finales del siglo XIX y principios del XX, se caracterizó por una voluntad de independencia artística y una sensibilidad abierta a diversas culturas, sobre todo a la francesa.

Semánticamente, modernizar es dar forma o aspecto moderno a cosas antiguas; esta acepción nos invita a un cuidadoso manejo y análisis de la modernización por parte de quienes vivimos realidades dependientes signadas por profundas arbitrariedades sociales.

En definitiva, puede concluirse que, para el socialismo, una acepción genérica de la modernización involucraría dos grandes temas: la tentativa del hombre por comprender la naturaleza a los efectos de armonizar con ella la satisfacción de sus necesidades, y, por otra parte, el esfuerzo perenne por ampliar el ámbito de las decisiones políticas y sociales para el mayor número de personas.

El quehacer del socialismo no es ajeno a estos objetivos; por el contrario, está comprometido en reemplazar lo viejo a través de estas orientaciones. Para el socialismo la modernización deseable es el cambio de la vieja sociedad y no su "aggiornamiento".

La modernización aparece siempre, en las diversas etapas de la historia, en momentos de agudización de las crisis. Es una expresión dialéctica nutrida normalmente por fuerzas contradictorias; por un lado, los intereses de lo viejo que trata de sobrevivir a través de un "aggiornamiento" superficial y, por el otro lado, los intereses de lo nuevo que pretende imponerse a través del mero deseo. En definitiva, asistimos a un desorden, a una euforia superficial que alimentan quienes creen que van a sobrevivir y quienes creen que van a nacer. Ello marca la existencia, en la profundidad de las relaciones entre los hombres, de estructuras en vías de desaparición y de estructuras en vías de advenimiento.

En la Argentina de hoy, en que conviven la crisis más profunda desde su organización nacional con el anhelante "nunca más", se dan las condiciones para que se comience a hablar de modernización.

1º) Vivimos una crisis de inteqración. Hay provincias que emiten sucedáneos del papel moneda; se han intentado tasas provinciales a los combustibles; se crean organismos provinciales de comercio exterior; se desconocen las obligaciones provinciales con el Banco Central de la República; se rechaza la propiedad por parte de la Nación de las riquezas del subsuelo. El alegato de un pretendido federalismo no disimula la naturaleza anárquica y desintegradora de esta realidad, que exhibe con nitidez nuestra crisis de integración.

2 º) Vivimos una crisis de identidad que es de carácter esencialmente cultural. El viejo modelo de país impuso los valores de los países centrales, nos desarraigó de la tradición histórica latinoamericana y de nuestra propia tierra.

Hoy, ante el agotamiento material del viejo modelo, emerge con toda crudeza nuestra crisis de identidad.

Así, han quedado relegadas facetas enteras de la facultad creadora y mutilada la sociedad en su personalidad específica y en su configuración particular.

La identidad nacional es una exigencia prioritaria, pues es ella misma la que anima y sostiene la voluntad colectiva. La defensa de su especificidad representa el primer paso hacia una plena recuperación de las facultades creadoras de un pueblo, de su capacidad

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de invención y participación de un mundo que tiende a suprimirlas. No podría interpretársela como una simple reactivación de valores antiguos. Revela, sobre todo, una búsqueda de proyectos culturales nuevos capaces de seguir rehabilitando el pasado mediante la conciencia de una mayor responsabilidad respecto del futuro.

3º) Vivimos una Crisis de legitimidad que emerge de la carencia de mecanismos y dispositivos constitucionales adecuados que canalicen la representación de los diversos grupos. Esta ausencia determina la inexistencia de un acuerdo de base sobre la naturaleza del gobierno y sobre sus responsabilidades y atribuciones en la superación de las fracturas entre los diversos grupos que integran la sociedad.

El análisis de la crisis de legitimidad permite percibir la existencia de dos tipos de consenso: el consenso político y el consenso social, que alguna vez coinciden, aunque precisamente lo que caracteriza a la crisis de legitimidad es su no coincidencia.

El postulado de la no concordancia entre consenso social y político ha comenzado a debilitarse a partir del momento en que la exigencia democrática pasa del plano político al plano social.

Desde que las desigualdades y las injusticias sobre las que reposa el orden establecido son resistidas por una parte de la colectividad como intolerables, el consenso social se reduce y se hace difícil asociarlo al consenso político. Esta dificultad se agrava hasta constituir una contradicción ya que se ha extendido la convicción de que el rol del poder no es el de administrar la sociedad sino el de rehacerla. Si se debe construir una sociedad nueva es porque la que existe está mal y, dado que está mal, el consenso a su respecto es inexistente.

El consenso político, es cierto, está lleno de ambivalencias. Por un lado, traduce la aceptación del sistema político porque se ve en él un instrumento necesario para la conservación de la sociedad y, en esta hipótesis, el consenso político es reflejo de un consenso social. Por otro lado, se traduce en el reconocimiento de que el sistema es un medio para crear una sociedad nueva y aquí el consenso político es un signo de la inexistencia del consenso social. Esta última variable describe la actitud del socialismo ante la democracia.

4º) Vivimos una crisis de participación, que se verifica al ampliarse el ámbito de los sectores que pretenden tomar parte de las decisiones políticas. Se constata, en nuestra vida diaria, que la crisis de participación se manifiesta habitualmente en concomitancia con relevantes mutaciones de los sectores económicos y sociales que generan nuevas necesidades.

La historia política contemporánea de nuestro país y de América Latina se halla signada por la inestabilidad de las respectivas instituciones gubernamentales, realidad determinada por la existencia de profundas contradicciones económicas y sociales no resueltas, pero a la que concurre en forma no despreciable la irrepresentatividad creciente de la estructura institucional existente que, al no dar cabida adecuada a los diversos grupos sociales o de intereses de la sociedad, facilita al resquebrajamiento y la ruptura del orden constitucional.

En forma cada vez mas creciente, el hombre situado se siente extraño a este orden, incrementándose su apoliticismo y su desinterés por la cosa pública.

5º) Vivimos una crisis de distribución determinada por las modalidades del empleo de los poderes gubernativos para efectuar la transferencia de riquezas entre los ciudadanos y para distribuir bienes, servicios, valores y oportunidades.

Las pujas y las confrontaciones sectoriales, motivadas por esta crisis de distribución, conforman nuestra realidad diaria.

- II -

Nuestro país vive la superposición de la crisis de identidad, de integración, de legitimidad, de participación y de distribución. Esto configura la crisis total de un modelo que exhibe, con toda nitidez, su agotamiento; pero, al mismo tiempo, crea una situación de alta complejidad y de gran fragilidad para la subsistencia de la convivencia democrática entre los argentinos.

El cambio urge -llámeselo modernización o refundación-, y debe partir de la reconstrucción de un concepto de difícil aprehensión: la Nación. Cualquier cambio, desarraigado de esta globalidad que es la Nación, corre el grave riesgo de esfumarse en la inoperancia. La Nación está determinada por la conciencia de integración de sus miembros individuales, que hunde sus raíces en una común existencia histórica. Todo cambio o iniciativa concebida al margen de la Nación se sitúa fuera de la realidad y carece de toda posibilidad de realización y permanencia.

El tiempo transcurrido en esta transición democrática que vive el país y la inexistencia de un proyecto aglutinante, político y económico, prueban el agotamiento del viejo modelo y el de sus expresiones políticas.

Los socialistas preferimos hablar del cambio en vez de la modernización, porque ello nos aleja de la impracticable idea de "aggiornar" lo viejo. Planteamos lo nuevo, un cambio que consideramos necesario y posible.

Vivimos también una crisis de crecimiento: las promesas y los discursos que, durante largo tiempo, cimentaron la imagen de un progreso continuado, terminaron revelando Ia realidad de una economía y de una técnica que se han apoderado de los bienes de los vencidos y amenazan con arrebatarle lo único que les queda: el alma.

En efecto, la técnica se ha trocado, de instrumento auxiliar de la producción moderna, el mecanismo esencial de la actividad productiva, con lo que se está imponiendo no sólo un sorprendente ritmo de acrecentamiento cuantitativo de las "cosas", sino una modificación cualitativa del papel del mismo hombre.

Es evidente que hay una premisa que ya no tiene plena vigencia: que el incremento de la producción y del consumo sirva a la realización de los valores fundamentales y al desenvolvimiento del hombre.

El cambio socialista jerarquiza la calidad de vida, que significa algo más que un mayor nivel de vida. La calidad de vida no tiene indicadores cuantitativos, excepto los factores que la disminuyen. La calidad de vida supone la libertad; la seguridad por la solidaridad humana, por la oportunidad de participar y realizarse; significa la oportunidad de mantenerse sano o de recuperar la salud. La calidad de vida implica el enriquecimiento de nuestra vida más allá del consumo material. Esto no equivale a endemoniar el crecimiento económico, sino a sostener que el bienestar material sólo es una parte -una parte importante- de la calidad de vida, y el producto nacional es sólo una parte -una parte importante- del beneficio social. Esto significa, además, que una decisión política no puede justificarse simplemente porque haya de contribuir a aumentar el producto nacional.

Defender las viejas banderas socialistas de ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso reparador, y 8 horas de sano esparcimiento, es defender la calidad de vida. Defender la vida en familia, atendiendo sus necesidades sociales, creando centros recreativos y culturales donde puedan concurrir todos sus integrantes, es defender la calidad de vida. Permitirle a los pueblos del interior seguir viviendo en su tierra, es defender la calidad de vida. Impulsar un deporte practicados por todos, y que tenga por objeto la recreación y el desarrollo integral del joven, es defender la calidad de vida. Defender el medio ambiente es defender la calidad de vida.

El mercado ha demostrado una incapacidad para acordar las grandes funciones de la economía. Precisamos por ello, de una planificación democrática de nuestra economía; que la política haga valer su primacía sobre la economía y la tecnología; que corrija el libre juego de las fuerzas cuando sus resultados disminuyan la calidad de vida en vez de mejorarla. La planificación debe orientar el modelo de crecimiento, la reducción de las desigualdades, el equilibrio regional, las relaciones con el resto del mundo. El criterio de cada uno será sustituido progresivamente por el criterio de la utilidad social; así, la determinación resultará de la compaginación de los diversos intereses nacionales en el cuadro de la planificación democrática. Precisamos volver -con una planificación democrática de la economía- a jerarquizar la producción y el trabajo por sobre la especulación y la usura.

El cambio, para el socialismo, debe darse a través de la concreción de una nueva hegemonía, que no lo será de una clase sino de una mayoría nacional articulada democráticamente tras un proyecto global de Nación independiente y solidaria. Esa nueva hegemonía ha de ser pluralista y democrática, lo que supone, antes de cualquier otra cosa, un nuevo consenso político y social. El mismo ha de asegurar una redistribución de los poderes en beneficio de la colectividad, cuyos recursos de creatividad y capacidad de iniciativa ha de desarrollar. El cambio no se implementa sin participación de todos aquellos que le encuentran sentido, no se hace contra ellos, no es una privación legitimada por promesas discutibles. Es realización, plenitud, liberación.

El eje del nuevo proyecto nacional será la austeridad-solidaridad. Queremos un Estado eficiente y participativo; que actúe como elemento coercitivo a favor de la solidaridad, es decir contra la desigualdad. En un mundo inmerso dentro de una crisis económica profunda, lo fácil es predicar la desigualdad, la diferencia; en definitiva, "el sálvese quien pueda". Sin embargo, y pese a ser más difícil repartir sin crecimiento económico, o, quizás más aún, debido a ello, el concepto de igualdad se une al de reparto. Repartir lo escaso para poder convivir podría resumir la posición del socialismo ante la crisis.

Para el socialismo, el Estado debe asegurar una real igualdad de oportunidades. En este aspecto, el socialismo es particularmente sensible en materia de educación y de salud. No basta enunciar que todos tienen derecho a la educación sino que hay que asegurar que todos tengan derecho a la misma educación, esto es, impedir que por la vía de la educación se generen desigualdades difícilmente salvables posteriormente. No se trata de uniformar mentes sino de brindar las mismas posibilidades. En materia de salud, es necesario erradicar la existencia de diferencias en función del dinero frente a la enfermedad y a la muerte; se trata de afirmar el derecho a un trato igual en la enfermedad y en la defensa de la salud.

El objetivo del socialismo no es la convivencia en la crisis sino salir de ella a través de la reformulación de la realidad. Para garantizar este cambio, los socialistas proponemos argentinizar las actividades económicas esenciales para asegurar la autonomía política y económica de la Nación: la banca, el comercio exterior, el mercado de cambio y las operaciones de seguro y reaseguro. Su eficacia será asegurada desarrollando y practicando este nuevo concepto de argentinización de la economía distinto al de la estatización burocrática. Será necesario crear nuevas corporaciones democráticas y democratizantes que aseguren que estas actividades sean realizadas en beneficio del bienestar general y que estarán integradas por los trabajadores, los usuarios, los consumidores, las cooperativas, las empresas privadas, el Estado nacional y provincial o municipal cuando correspondiese.

Los socialistas proponemos, también, la participación de los trabajadores en la gestión de las empresas líderes, que son aquellas que pueden producir alteraciones en el mercado. En las empresas públicas es necesaria la democratización a través de la participación de los trabajadores y de los usuarios en su administración, para garantizar la función social y la correcta prestación de los servicios a la comunidad.

El nuevo proyecto nacional deberá concretarse desde la perspectiva del socialismo. Esto significa que la palanca del cambio y la diseñadora del cambio será la participación popular democrática, que debe organizarse y garantizarse en todas las áreas y en todo nivel.

En definitiva, el afianzamiento de la democracia a través de nuevas formas de participación y la lucha por superar la crisis desde un ángulo popular solidario y nacional constituyen premisas básicas de todo intento de modernización viable desde la perspectiva del socialismo.

 

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