Fundación ESTEVEZ BOERO

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Ella se va, no muere

 

PALABRAS PRONUNCIADAS POR GUILLERMO ESTÉVEZ BOERO EN EL SEPELIO DE LA DRA. ALICIA MOREAU DE JUSTO

CEMENTERIO DE LA CHACARITA, 13 DE MAYO DE 1986

 

Vengo ante la muerte de una mujer egregia a reivindicar el valor más alto defendido por ella a través de su militante existencia: la vida.

La suya fue un equilibrio perfecto entre esos dos componentes que determinan a los hombres: la herencia y el medio. Por aquella conoció las dolorosas enseñanzas de 1848 y 1871; en éste se abocó a mejorar las condiciones de vida de los oprimidos: el trabajador, la mujer, el niño. Son puntos referenciales de su pensamiento y acción las densas vidas de Enrique Del Valle Iberlucea y Juan B. Justo.

Hace 79 años la profesora Alicia Moreau en el Colegio Secundario de Señoritas de la Universidad de La Plata enseñaba: "Dejemos el prejuicio de las razas," sobrevivencia ancestral que nos hace mirar con indiferencia las matanzas de negros, chinos e indios; destruyamos estos falsos conceptos escudo tras el cual se ocultan o disimulan las abominaciones de las guerras coloniales, y que sobre sus ruinas los pueblos "estrechen sus manos, los más avanzados ayudando a los retardatarios, en vez de aniquilarlos con desprecio feroz y que continuando con la obra del tiempo y del saber, se forme la familia única de la humanidad del porvenir.

Periodista, divulgadora de los conocimientos de la medicina y organizadora de las primeras expresiones de las luchas de nuestras mujeres, jamás parcializó ninguno de estos campos, a los que armonizó siempre en su lucha integral por una vida mejor.

Cuando el despotismo menospreció la vida no vaciló - a sus años- en encabezar la lucha por los derechos humanos.

Tuvo la grandeza y la eterna juventud de tender la planchada y de cruzarla con integridad moral, por sobre las disidencias y las adversidades de nuestra historia política, concluyendo su existencia donde la iniciara: al lado de los trabajadores de Argentina, marcando así un sendero y un mandato insoslayable para todos nosotros, sus compañeros socialistas.

En su vida no alcanzó altos puestos de preeminencia política, pero escaló otros inaccesibles para quienes solo tienen el móvil mezquino del interés personal.

El camino se hace al andar, pero el andar está condicionado por el espacio y por el tiempo. Su clara comprensión de esta estructura de la realidad la transformó en la mujer más plena de nuestra historia y en la revolucionaria más coherente de nuestra existencia. Luchó por las reivindicaciones sociales en las etapas de máxima expoliación; luchó por los derechos de la mujer en las épocas de mayor denigración; luchó por los derechos humanos en el tiempo de su mayor vejación; siempre en la superación concreta de una realidad concreta.

De la mano de uno de sus colegas y compañeros, diremos que hoy, es la síntesis del tiempo, como aquí, es el resumen del espacio. Hoy y aquí, debe ser el objetivo fundamental de todo individuo o colectividad que no quieran ver esterilizados sus esfuerzos o fracasadas sus iniciativas, o estrellada su voluntad por estar fuera del tiempo y del espacio.

Quien piensa en la criatura humana como ella pensó, y siente su dolor individual como ella sintió, piensa en la humanidad y siente el dolor universal; pero quien piensa en la humanidad y en el dolor universal, con frecuencia se olvida de la criatura humana y de su dolor actual.

Nos deja un mandato: avanzar, sumar, ser hombres profundamente comprometidos con nuestro tiempo, no para consolidar la arbitrariedad social sino para superarla en cada día y en cada hora.

Vivimos tiempos difíciles, no lo neguemos, asumámoslo.

Afiancemos la convivencia democrática entre los argentinos y con militancia y diálogo, construyamos una nueva alternativa más independiente para la Nación y más solidaria para su pueblo.

La inmediatez, la impaciencia, son aliados del pasado. Pero la sujeción a esquemas económicos incapaces de satisfacer las necesidades básicas del pueblo y de la Nación, también propenden al crecimiento de la posibilidad de la reimplantación agravada del pasado.

Repetimos hoy lo que escribió Ponce de Ingenieros: "Ha muerto tal coma ha vivido: en un perpetuo reverdecer de juventud, sin una contradicción en el pensamiento, sin una inconsecuencia en la conducta, había en su persona y en su vida tal irradiación de dignidad moral que no era posible aproximársele sin agregar al res peto la simpatía del corazón”.

El dolor de su partida se esfuma por la fuerza de su optimismo revolucionario, en el mejoramiento del hombre a través de la práctica de la solidaridad y por la fuerza indestructible de su fe en la concreción de la justicia social a través de la convivencia democrática.

Frente a su muerte, reivindiquemos los valores de la vida por la cual luchó.

Ella se va, no muere, vivirá siempre en cada manifestación, en cada ronda, en cada protesta, en todas las esperanzas, en todo niño, en todo joven y en todo trabajador.

 

 

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